Japón - 2 - Lost in the station.




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En un principio había pensado desglosar este viaje por días, al igual que el de New York, pero resultaría demasiado pesado y repetitivo. Así que pondré las cosas tal como se me vayan ocurriendo, intercalándolas con otros posts sobre otros asuntos. De ese modo todo será más llevadero (incluso para Fernando jejeje).
Mucha gente me ha preguntado que, habiendo tantos sitios para ver en el mundo, ¿por qué Japón?
Desde pequeño me han gustado los dibujos japoneses y cuando comencé a apreciar el buen cine descubrí en ese país un filón inagotable de buenas películas. El hecho de que Toshiro Mifune sea uno de mis actores favoritos imagino que dice bastante del tema. Siempre me han encantado las películas de Akira Kurosawa, en especial todas las de las vertientes de samurais (desarrolladas también con bastante acierto por un poco conocido Iroshi Inagaki y su trilogía "Samurai") y las películas realistas de Yasujiro Ozu, o los dramones imposibles de Kenji Mizoguchi. Del cine japonés moderno, a parte de alguna que otra película de terror en condiciones, me quedo con Shunji Iwai y su "Love letter", una película sencillamente encantadora. Y por el lado de los dibujos animados, también me ha gustado mucho la vertiente japonesa, en especial los de Akira Toriyama (toda la serie Dragonball) y los de Hayao Miyazaki (muy especialmente "El viaje de Chihiro").
Y si a todo ese gusto cultural le añadimos que me encantan sus escritos en Kanji, y su forma tranquila de entender la vida, tenéis la respuesta definitiva del por qué de este viaje. Cuando Pepe y Lola (la pareja de amigos que me acompañaron esta vez) me comentaron que tenían ésto en mente, supe que iba a ser un "ahora o nunca". No todo el mundo está dispuesto a viajar a un sitio tan lejano y de hecho no pude encontrar a nadie más que quisiera venir (para pagar los gastos del hotel a medias), así que si no iba ahora con ellos probablemente no iría nunca pues no es un sitio como para ir uno solo.
Así que tras algunas dudas de última hora, producidas por la famosa "Gripe A" (de Anticrisis, claro), nos liamos las mantas a la cabeza y a volar y a vivir nuevas experiencias a un país completamente distinto del nuestro.
Un último apunte antes de cerrar esta introducción: Es impresionante cómo Sofía Coppola consiguió capturar en su maravillosa "Lost in translation" la esencia del choque cultural Oriente-Occidente y la vida en la sociedad nipona actual. Y que luego digan que en esa película no pasa nada... (por cierto, visitamos el hotel donde se rodó la película).
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Poco después de mi inolvidable y añorado viaje a New York, exactamente el 2 de Enero, estuve en Madrid. Los motivos principales del viaje estaban centrados en el nuevo musical de Nacho Cano: "A" y la imprescindible visita al museo de Star Wars. Qué sensaciones tan contrapuestas nos llevamos de ambas visitas...
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Último día en la ciudad que nunca duerme. No hay demasiado que contar, últimas compras, una visita que tenía pendiente, últimas fotos en el hotel y a salir pitando un tanto tristes, porque otras de las cosas que tiene esta ciudad es que engancha. Al principio te cuesta hacerte un poco con todo y vas como empequeñecido, pero al cabo de los días te llegas a integrar en ese endiablado ritmo de vida y le coges el gustillo.








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Ésta es la segunda araña de este tipo que me encuentro por la calle. Vi una semejante
junto al Guggenheim de Bilbao.

























Desde ahí arriba se veía parte del Pentágono.





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Mis compañeros de viaje decidieron ir en este día a Harlem a ver una misa Gospel, pero como a mí eso no me llama mucho la atención, preferí pasar el día yo solo deambulando por New York.
Así que desayuné donde siempre y cogí la 5ª para arriba a ver a dónde me llevaban mis pies. Esta vez no tenía ningún plan especial. Qué gustazo caminar tranquilamente por esas calles, me hacía sentir muy feliz; llevaba siete días ya en aquella ciudad y todavía me costaba creerlo.
Llegué al Rockefeller Center, admirado de nuevo por el árbol de Navidad y la pista de patinaje y se me ocurrió subir al "Top of the Rock". ¡Quedé alucinado con el espectáculo del ascensor! Cuando entras en él y se cierran las puertas, todo queda a oscuras por un momento y de pronto el techo se vuelve transparente. A través de él se ven unas luces azules galácticas (todo en plan muy futurista) y cuando comienza a subir el ascensor se inicia una especie de película en el techo que lo que hace es realzar la sensación de vertiginosa subida mediante rayos láser a gran velocidad. Era un poco como la "hipervelocidad" de películas tipo Star Wars. Desde arriba, otra maravilla comparable a las vistas del Empire, pero distintas. Desde aquí, mirando a un lateral, se veía Central Park como si fuera una postal, y desde la otra parte se veía el Empire State, majestuoso y desafiante, como el hermano mayor del Rockefeller Center. Otra cosa a destacar del Top of the Rock respecto al Empire es que había una pequeña subida "extra" a un mirador sin barrotes ni cristales, tan sólo resguardado por una pequeña barandilla no superior a la cintura. La sensación de vértigo era tremenda, fantástica.


Un buen rato después de mil fotos y videos salí del edificio paseando tranquilamente por las calles rumbo a Central Park. Por el camino observé algunas curiosidades, como la de la enorme cola que daba la vuelta casi completa a la juguetería FAO. Se notaba que era Domingo con el día de Navidad bien cerca, y no sólo por la juguetería, sino por todas las tiendas, con colas a rebosar y las calles abarrotadas de personas (tanto fue así que "mis amigos" los policías tuvieron que cortar muchas carreteras porque el reguero de personas era tan brutal y continuo que ningún coche podía cruzarlas. Pasé por delante de Tiffany's y como no, no pude remediar el "flash" de la película con su pegadiza melodía que ya no me abandonaría en todo el día. Me sentía tan genial que caminaba por las calles con una sonrisa tonta siempre dibujada en el rostro. Por si no lo he dicho antes, me encanta New York.
Desde que lo volví a ver en el Top of the Rock, tenía muchas ganas de volver por el Central Park, así que tras Tiffany's y el cubo de Apple fue mi siguiente visita. Ésta vez el parque estaba plagado de familias jugando por el césped (al igual que sucede en España los domingos) y todo aparecía más repleto que la primera vez que lo visité con mis compañeros.
Cruzando parte de parque y parte de avenida llegué al Metropolitan Museum of Art y allí que entré. Eran las once de la mañana y no sabía muy bien cuánto rato iba a pasarme en el museo (los pies andaban ya bastante resentidos de toda la semana) así que pensé que 18$ por una entrada de quizás una hora era demasiada pasta. (Aquí viene el tema que comenté en entradas anteriores de que pagamos la "novatada" con el Museo de Historia Natural y que Suntzu me preguntó). Me dirigí hacia una de las chicas del mostrador (la más guapa para mí, por qué no decirlo :P) y le pregunté que si había alguna entrada de coste menor para alguien que sólo quiera pasar unas horas en el museo. La chica, que además de guapa era simpatiquísima, me explicó que en New York no había que pagar nada obligatoriamente para entrar en los museos, que se paga la voluntad y que los 18$ es un precio tan sólo "recomendado", que en realidad incluso podría entrar gratis, pero me comentó que si pagaba tres ó cinco dólares estaría bien, como muestra de cortesía. Le agradecí muchísimo su sinceridad y simpatía (me dieron ganas de estamparle dos besos, pero esas muestras de cariño tan a la española no son bien interpretadas a veces fuera de nuestras fronteras) y fui al mostrador a pagar la entrada. "One ticket" -dije mirando a la dependienta, infinitamente más fea que la chica de información. "18$" -dijo ella como quien dice "holaquétal". Le solté los cinco pavos. "Just five dollars???!!!" -Preguntó ella extrañada al principio. "I think I'm not going to stay here more than one hour... probably not even thirty minutes...". A lo que ella enseguida respondió con un "ok, ok, no problem". Al final estuve allí metido casi cinco horas.
El Metropolitan es espectacular, a la altura de los museos franceses como el Louvre o el D'Orssay. Quizás más parecido al segundo que al primero. Es un museo tan enorme que en cinco horas tan sólo tuve tiempo de ver la planta baja y os aseguro que acabé bastante reventado. Me sorprendieron las obras de los de siempre como Hopper, Picasso y Dalí (impresionante sobretodo uno de los cuadros de Dalí, gigantesco) y descubrí algún "nuevo" artista. También me encantó toda la parte de Egipto, donde incluso habían reconstruído a tamaño real la tumba de un faraón. En otra de las galerías (ya con los pies que ni los sentía) estaba el famoso cuadro de George Washington, ese que aparecía en los libros de Sociales en octavo de EGB (que ya ni octavo, ni EGB, ni probablemente sepan los niños de esa edad quién era ese presidente). El museo era tan exageradamente grande y con tantos pasillos (laberínticos en la zona de Egipto) que llegué a perderme y tres veces pasé por el mismo sitio buscando la salida. Os aseguro que cuando se está reventado y se quiere salir de un sitio y no se encuentra la salida, llega a agobiar un poco.


Estaba oscureciendo cuando salí del museo y a pesar del cansancio tenía ganas de seguir deambulando por las calles, así que volví al hotel a pie, parando en algunas tiendas para realizar algunos encargos.
En el hotel mis compañeros me dijeron que habían vuelto pronto de Harlem, que tampoco había sido una gran cosa lo de ir allí. Luego juntos fuimos a la estación de tren. Le comenté a Francis y los demás mis intenciones de destino para el próximo día (el penúltimo de mi estancia en New York) y tras un rato de debate Paco y Carmen decidieron quedarse en New York mientras que Francis vendría conmigo.
El día siguiente lo pasaría en Washington.
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Día exclusivo para compras. Fuimos a un gigantesco Outlet de New Jersey, donde nos habían dicho que estaba todo más barato que en New York. Al final tampoco fue para tanto.
(¿Ves, Fernando como también sé escribir como a tí te gusta, directo al grano, sin rodeos? Que luego me dices que te aburro... jejeje)
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Este día pudimos dormir algo más porque el primer autobús de la desastrosa línea roja no salía hasta las 8.30 (suponiendo que fueran puntuales, cosa que ya habíamos comprobado más que de sobras que no lo eran para nada). Por fin vimos algo que no habíamos visto desde que llegamos a New York: ¡el Sol! ¡Qué día tan distinto del anterior! Iba apareciendo tímidamente por la mañana, ocultándose a veces entre las nubes, pero para cuando llegamos al Battery Park lucía espléndidamente en el horizonte. Eso no quitaba el frío de cojones que hacía aquella mañana pero al menos daba un poco el pego y a veces incluso teníamos la sensación (ficticia) de que calentaba.

Antes de coger el Ferry rumbo a la estatua en Battery Park estuvimos jugando con algunas ardillas (¡geniales! las había por todos los parques) y maravillándonos con la lejana visión de lo que pronto tendríamos justo encima de nuestras cabezas: La Estatua de la Libertad.

¿Os acordáis del guarda forestal del oso Yogui? ¡Pues estaba allí, vivito y coleando, en el recinto donde se sacaban los tickets del Ferry! ¡Clavado! El mismo traje, el mismo gorro, el mismo perfil... ¡era él! Después de sacar los tickets tuvimos que pasar por otro jodido y engorroso chequeo de seguridad, casi tan duro éste como el de los aeropuertos. Tanto fue así que a un chico que iba delante de mí le dio por tomar una foto de su novia pasando por el detector de metales (anda que también las ocurrencias...) y al instante tenía encima suya una mujer policía con cara de pocos amigos obligándole a borrar la foto, y para colmo le tuvo que enseñar tooooooooodas las que tenía hechas (entre ellas muchas muy íntimas, pero sin llegar a XXX), por si acaso había sacado alguna más de aquella sala.
Tras esos "pequeños" inconvenientes 'tipical USA' subimos al Ferry y nos apretamos bien los abrigos, bufandas, gorros, guantes y demás, porque pensábamos ir en la parte de arriba, al aire libre. Nos sentamos en unos bancos fríos como el hielo esperando temerosos a que aquel cacharro se pusiera en marcha. Temor que se vio más que justificado en cuanto el Ferry se puso en movimiento, costando incluso respirar del gélido frío que hacía. Las fotos que podéis ver por aquí que están tomadas desde el Ferry fueron sacadas a costa de helarme la mano hasta el punto de dolerme de frío, y eso que no me quitaba los guantes más de cinco ó seis segundos... los justos para tomar la foto rápidamente y devolvérlas al bolsillo del abrigo. Pero el paisaje lo merecía.












Cuando llegamos a Brooklyn, después de pararnos montones de veces en el puente a admirar el paisaje que dejábamos detrás, comenzamos a buscar el banco de la portada de Manhattan de Woody Allen. Era ya noche cerrada y de pronto a los cuatro nos pareció que aquella zona no era muy segura; las calles aparecían desiertas y sin embargo nos sentíamos observados. Sin saber muy bien a dónde dirigir nuestros pasos, caminamos rumbo al muelle que había bajo el puente. Ni siquiera sabíamos qué calle teníamos que coger para llegar allí, estábamos un poco perdidos. No llevábamos ni quince minutos caminando cuando nuestras sospechas de ojos puestos sobre nosotros se hizo patente. Un negro de esos tipo rapero con gorra y cadenones nos venía siguiendo hacía un rato. Hablaba solo. Unos pasos después de darnos cuenta, y caminando cada vez más deprisa, nos encontramos de frente con otro semejante al negro autista. Continuamos a ritmo acelerado, nos damos la vuelta y vemos que se saludan tipo NBA y se intercambian "bolsitas". Luego el autista sigue caminando hacia nosotros, sin dejar de hablar para él mismo en voz baja (ignoro lo que decía... no estaban mis neuronas en esos momentos como para intentar traducir lo que un zumbao se estaba diciendo a sí mismo, y menos en ese americano superlativo y corredizo). Llegamos a una zona que parecía un polígono industrial, muy cerca ya del río, todo superoscuro y solitario (no se veía ni un alma aparte de nosotros y del autista), los cuatro con el corazón ya a un ritmo de trote. Giramos en la primera esquina que vimos a ver si lo conseguíamos despistar, pero cuando ya creíamos que estábamos asustados por nada lo oímos al fondo de la negra calle (¡¿pero qué coño estaría diciendo?!). Venía hacia nosotros... casi echamos a correr... (todo aquello me recordó a la película "M, el vampiro de Dusseldorf", protagonizada por Peter Lorre, cuya melodía silbada siempre anunciaba el próximo crimen que iba a cometer). Volvimos a doblar otra esquina y por fin vemos gente. Aunque vaya gente... Ocultos entre las sombras de las farolas, pegados a las rejas de las naves, de cara al río, un Hummer y un Mercedes, con gente trapicheando. Parecían gente de billetes y todos enmudecieron de repente al vernos llegar. Ni que decir tiene que estábamos acojonados. Continuamos caminando a un rápido ritmo, con las cabezas agachadas, mirando al suelo, hasta que llegamos a un restaurante que había bajo el puente. Ya bajo las luces del restaurante y cerca de gente "normal" con sus cámaras de fotos y trípodes nos relajamos un poco y continuamos buscando el dichoso banco. No hubo forma de encontrarlo. A la izquierda del restaurante había un muelle en el que mucha gente estaba tomando fotos de Manhattan y del puente, pero no había ningún banco y además aquello daba a la parte izquierda del puente, mientras que el banco de Woody daba a la parte derecha. Sin duda el banco quedaba al otro lado del restaurante, pero auquella zona estaba sin luz, no había un acceso visible y para colmo significaba quedar delante de los trapicheos de aquella gente. Así que pasamos del banco y nos conformamos con las vistas desde el muelle de la izquierda, que no tenían nada que envidiarles a las del otro lado. Personalmente me vi en una especie de deuda con mi adorado Woody Allen y mi querida Manhattan, por lo que pensé en volver en otro momento a plena luz del día yo solo a buscar el banquito. Aún sigue esa deuda, porque no volví.


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El famoso edificio "Flatiron", visto desde el autobús.
Andando con paraguas bajo una fina capa de lluvia dimos con el mercadillo, una larga calle atestada de multitud de artículos expuestos bajo toldos estrechos y agolpados uno tras otro, resultando complicado incluso averiguar a qué puesto correspondía cada artículo. Paco y Carmen iban preparados para la guerra, conocían bien el terreno (aunque no tanto como ellos esperaban) y llevaban un buen catálogo de fotos de los productos de marca que andaban buscando. En el segundo puesto al que entraron, en cuanto vieron las fotos les dijeron que tenían que ir al puesto seis, hasta el fondo y que les dijeran que los mandaban del segundo. Aquello empezaba a parecer una película de espías. Llegamos al puesto en cuestión y tras decirles lo que nos habían dicho en el segundo, un chinorri con la misma cara de chino que cualquiera de ellos, se puso a mirar girando la cabeza hacia un lado y otro de la calle, con los ojos abiertos como platos (todo lo abiertos que un chino los puede tener) y en un segundo abrió una compuerta secreta que había en la pared, camuflada entre bolsos y por la propia decoración de la tienda, y metió allí dentro a Paco y Carmen. Francis y yo preferimos mantenernos al margen de todo eso y decidimos esperarlos afuera. Aquéllo era de locos... ¿Cómo se les ocurría meterse en aquel zulo con esa gente? Lo pienso ahora y me parece mentira... ¡tenían un compartimento secreto dentro de la tienda! Una hora y media después salieron cargados con unas enormes bolsas negras llenas de bolsos, relojes y monederos de marca. ¡Pero aún no tenían bastante! Querían entrar en más zulos y me preguntaron si no me importaba quedarme al cuidado de sus bolsas, a lo que rápidamente contesté que NI DE COÑA, y mucho menos teniendo en cuenta mis "antecedentes penales" en aquel país. Francis también se negó rotundamente a mezclarse en aquellos turbios asuntos.
Una hora después por fin habían decidido que tenían suficiente y comenzamos a salir del barrio chino rumbo a Wall Street. Parados en un semáforo, aún en la conflictiva calle, se nos acercó una china anunciando en voz baja: "Rolex, Gucci, Armani...". A lo que Paco preguntó, también en voz baja: "¿Tous, Dior, Versace...?", mostrándole el catálogo de fotos que tenía. La china respondió con un "Follow me", al que Paco y Carmen no pudieron resistirse. Comenzaba aquí otro trozo de película de polis: La china caminando deprisa unos tres metros por delante de Paco y Carmen, y Francis y yo a unos tres metros por detrás de ellos, para no llamar la atención y mantenernos todo lo al margen posible de aquel nuevo lío. La china lianta nos empezó a meter por callejones traseros, por sitios con poca gente y con poca luz, hasta que llegamos a un 4x4, donde esperaba otro chino con un móvil. Paco y Carmen cruzaron la calle y fueron solos al encuentro del hombre del coche, mientras Francis y yo esperábamos en la acera de enfrente, dispuestos a echar a correr a la más mínima de cambio. Y casi tuvimos que hacerlo... ¡Por lo visto querían meter en el coche a Paco y Carmen! Querían llevarlos a un edificio en el que decían que tenían todo el material que ellos pedían. Menos mal que Paco conoció sus límites en el ansia de comprar y se negaron a meterse en el coche. No puedo decir que salimos corriendo de allí, porque no era correr lo que hacíamos, pero sí comenzamos a andar deprisa y más aún viendo el mosqueo del chino que comenzó a gritar algo a su móvil... Pufff de película...

Las obras de la "Zona Cero".
Lo siguiente en nuestra ruta era Wall Street. Para cuando llegamos al edificio de la Bolsa estaba lloviendo bastante, pero aún así pude sacar algunas fotos de aquel emblemático edificio con esa bandera americana dibujada de luces entre sus columnas. Luego, calados hasta los huesos, llegamos frente al toro de Wall Street, donde nos sacamos las fotos de rigor. Eran las 15.00 así que ya era hora de comer algo. Cuál fue nuestra sorpresa que nos encontramos casi todos los establecimientos del lugar cerrados a esa hora. Era un día laborable y por lo visto allí terminan su jornada a eso de las 14.00 y toda aquella parte de New York se considera "muerta", así que todos cierran a esa hora. Por suerte para nosotros encontramos dos establecimientos abiertos y Francis y yo comimos en uno (comimos con un poco de presión ya que estaban limpiando para cerrar cuando entramos, aunque nadie nos dijo nada), y Paco y Carmen en otro.

Aquí va otra desastrosa y congelada foto mía, pa que luego digan...
Continuamos deambulando por las callejuelas del Downtown hasta que, ya de noche, y ante el diluvio que estaba cayendo en esos momentos, decidimos tomar el autobús de vuelta al centro. Fuimos a la parada del Battery Park (por más que lo intenté no logré ver la famosa estatua debido a la niebla) y esperamos y esperamos y esperamos... Unos treinta minutos después de estar allí muertos de frío y empapados hasta los huevos (a pesar de que llevábamos paraguas), se nos acerca una familia guiri y nos pregunta que si aquélla era la parada del autobús de la línea roja. Les comentamos que se armen de paciencia si piensan esperar y se asustan al ver el tiempo que llevábamos esperando. Y lo que aún quedaba... Desesperados tras una hora y media de espera a la intemperie, maldiciendo la línea roja, sin ningún sitio que sirviera de refugio, sin un banco siquiera donde sentarse, sin querer cruzar la calle para resguardarnos en un edificio por temor a que pase el autobús y lo perdamos, por fin decidimos preguntar a un taxi cuánto nos cobraría por llevarnos al centro (temíamos que fuera algo carísimo). 15$ aproximadamente, nos dijo el taxista, así que nos despedimos de la familia guiri deseándoles suerte y nos subimos al taxi rápidamente.
Como habíamos perdido mucho tiempo, acordamos que el taxista nos dejara frente a la Grand Central Station, donde nos habían comentado que cada media hora daban un espectáculo de luces por la Navidad. Al llegar a la estación el taxímetro marcaba 18$, pero como el taxista se comprometió en 15, nos lo quería dejar a ese precio (¡pero qué buena gente son estos neoyorquinos!). Nos encantó tanto el gesto que decidimos darle 20$.
La Central Station es otro de esos edificios que has visto mil veces en películas pero que cuando la ves en persona te impresiona muchísimo. Es una estación enorme y lujosa y al entrar había un árbol de Navidad hecho de pantallas planas. Fuimos a una de las plataformas laterales y esperamos a que empezara el espectáculo. Resultó ser una cosa modestilla pero impresionante: un proyector iba lanzando imágenes por las columnas de la estación y por el techo, simulando incluso la caída de la nieve, todo al ritmo de la música navideña que sonaba por los altavoces de la estación. Como todo en esta ciudad, a lo grande. Duró diez minutos.

De allí volvimos a pasar por Times Square, de camino al B&H de nuevo a mirar unas cosillas, luego pasé por una librería Borders (donde compré la postal de Sagu) y ya a cenar y de vuelta al hotel.
Al día siguiente nos esperaba "la dama de New York".
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En cuanto me levanté aquel día puse el Weather Channel (cosa que haría siempre desde entonces) y anunciaban frío y lluvia para tres días. Así que me puse el polar, el abrigo, la bufanda, los guantes y el gorro y, asfixiado, decidí salir cuanto antes a la calle.
Por suerte no llovía casi nada, tan sólo llovizna muy fina y ligera (al día siguiente acabaríamos casi ahogados cantando el "Singin' in the rain" más que el "New York, New York"). Nos reunimos como siempre los cuatro unos minutos antes de salir del hotel y realizamos el plan del día, poco ambicioso esta vez: el Empire State, el Rockefeller Center de día, el B&H (mi cámara de fotos nueva), sacar entradas para el teatro, ver la obra y pasarnos por el Rockefeller Center a la vuelta para verlo de noche.
Desayunamos en un Europa Cafe (un buen descubrimiento aunque el resto de días lo fuimos alternando con algún "deli" y con el sabiamente aconsejado "The bread factory") y caminamos para el Empire State, muy cerca todo de nuestro hotel.


La entrada del hotel estaba tal y como la imaginaba, todo muy lujoso, con porteros y aparcacoches y con un mostrador al fondo (muy al fondo). Esta vez el control americano de rigor no fue excesivo y tan sólo miraron que no lleváramos comida. Habíamos llegado muy temprano, así que no tuvimos que esperar ninguna cola. Me habían advertido antes de ese detalle, de colas de hasta dos horas. Por suerte las serpientes de hierro aparecieron desiertas para nosotros y en pocos segundos nos encontramos en el ascensor.

Maravillado quedé al ver la alta numeración de los botones de planta. ¡80! Aunque luego habría un trasbordo de ascensor que nos llevaría hasta la planta 86. Impresionante la rapidez con la que subió tantísimas plantas, y ni tan siquiera noté el típico entaponamiento de oídos que sí sintieron mis compañeros de viaje cercanos a la última planta.

Las vistas desde allí arriba... pufffff no se puede describir con palabras... ¡Estaba en la cima del edificio de mis sueños! Veíamos todos los tejados como nos los pintan en las películas en las escenas de helicóptero, con sus chimeneas y sus ventiladores, con esos letreros gigantes... Quedé muy impresionado por esas vistas, era como si estuviera sobrevolando Manhattan (cosa que literalmente pensábamos hacer, subidos a un helicóptero pero que al final no dio tiempo). Muy a lo lejos, como de juguete, quedaban las cuadriculadas calles y avenidas y los coches, resaltando, como no podía ser de otra forma, los clásicos taxis amarillos. Especialmente destacable me resultaron los puentes que bordean la isla y el edificio Chrysler, emblema también de la ciudad. Aunque hacía bastante fresco me pasé un buen rato apoyado en uno de los barrotes mirando al horizonte; me podría pasar la vida entera allí simplemente mirando. Por desgracia aquel día estaba nublado y había una niebla bastante espesa que nos impedía ver más allá de algunos kilómetros por el lado de Central Park, así que me propuse volver en cuanto hiciera mejor tiempo (cosa que tampoco haría, ya que subí días más tarde al Top of the Rock y me conformé con eso).






Cuando bajamos de las nubes nos dirigimos de nuevo a Times Square para sacar la entrada de "El fantasma de la ópera", la obra que teníamos pensado ver esa noche. Times Square de día no desmerece en nada a la noche: los pantallones gigantes seguían viéndose a la perfección con una resolución espectacular y todo me resultaba tan impresionante como la noche anterior. La maraña de gente parecía haber crecido un poco y entre los desconocidos se podía apreciar de todo: raperos con sus gorras y collares de oro, rastas, negros bien vestidos, gente aparentemente normal, chinos, indios, ingleses, alemanes, españoles por un tubo, sudamericanos (sobretodo mejicanos), chicos cantando, personas que parecen sacadas de un western con sus clásicos gorros arqueados, rabinos con sus barbas y sus típicos gorritos, zumbados bailando en mitad de la calle y a plena luz, un tío golpeando las farolas y hablándoles imitando a Travis ante el espejo en Taxi Driver... y lo más asombroso de todo es que todos pasan de todo; allí va cada uno a su rollo y nadie parece fijarse en quién tienen a su lado. En Málaga se pone uno a hablarle a una farola y me juego el cuello a que en menos de cinco minutos tiene a un corrillo de gente alrededor suya mirando como pasmarotes, como si de un espectáculo de circo se tratara.
Llegamos por fin al teatro y sacamos la entrada, la más cara a propuesta mía. O pagábamos 70$ y nos sentábamos en el gallinero (a años luz del escenario) o pagábamos 120$ y nos poníamos en la quinta o sexta fila. Yo lo tenía muy claro desde el principio. No sé cuándo volveré por allí así que no me iba a importar pagar los 120$ para ver el espectáculo como realmente se merece. El resto no lo tenía tan claro así que estuvimos un ratillo discutiendo. Aunque ellos decidieran coger el de menor precio yo me habría sentado solo en los asientos más caros, lo tenía clarísimo. Al final, gracias a Francis que apoyaba mi idea (para él ésta era su tercera vez con El fantasma de la ópera), todos cogimos los asientos más cercanos.
Desde allí nos fuimos al Rockefeller Center, parándonos en casi todos los escaparates de las tiendas, maravillosamente decorados para estas fechas navideñas. Aquí en España no ponen tanto esmero en decorar los escaparates. Pasado el Radio City Music Hall por fin pudimos ver ese árbol inmenso y espectacular, con la famosa estrella de cristales Swarovski. Y tras el árbol, la inmensa pista de hielo con multitud de personas patinando. Era un escenario precioso, con la música de Navidad sonando de fondo y luces brillando por todos lados. Fue un momento mágico para mí, de nuevo como si fuera el protagonista de alguna película. No pude evitar pensar en lo aún más maravilloso y mágico que habría sido aquel escenario de haber estado allí con pareja. Pero bueno, un motivo más para volver si es que algún día me echo novia (y sino, pues nada, a volver solo que también se disfruta :D).
Con un tonta sonrisa dibujada en el rostro salimos de aquel lugar camino de la tienda de electrónica B&H (mi perdición). Tras un buen rato andando disfrutando del paisaje neoyorquino, llegamos por fin la enorme tienda. Todo en New York (imagino que en toda América) es a lo bestia y lo del B&H no era menos... Entras y pareces estar en la casa de Santa Claus y todos los rabinos que se ven por allí parecen los duendecillos que se dedican a fabricar los juguetes. Es la impresión que me llevé viendo las compras por encima de las cabezas, deambulando por espectaculares raíles en cajitas de colores. Impresionante. Pedías algo y te lo mandaban desde el almacén hasta el mostrador por esos raíles como si fueran vagones de carga de un tren. Allí te dejaban trastearlo, manosearlo y revisarlo concienzudamente si hacía falta; luego lo volvían a poner en la cesta y lo enviaban por los raíles hasta la caja, donde esperaría a que fueras a pagarlo. Yo sabía el modelo exacto de lo que quería comprar y aún así me pasé más de una hora fisgoneando por la tienda. Está allí todo tan a la mano, tan para trastear, que daban ganas de pasarse el resto del día en la tienda probando cosas. Ya antes de ir estuve dándole mil vueltas al tarro sobre qué cámara me iba a comprar, si una SLR o una compacta, y al final me decidí por esta última, con el pensamiento de que a mediados o finales este año 2009 me compraré una SLR. Me encanta la fotografía y sé de las limitaciones de las compactas, pero el bolsillo mandó esta vez y además también me gustan las cámaras extraplanas que se pueden llevar a todos lados sin problemas y para fotos rápidas. Ésta fue la que me compré: SONY Cybershot T700, ultraplana, 10mp, 4gb de memoria interna y de pantalla gigante y táctil. El resto de fotos de aquí en adelante fueron sacadas con ella. No me convencen mucho sus fotos nocturnas, pero bueno, como ya he dicho, tarde o temprano me quiero pillar una SLR para sacar el máximo partido a las fotos de calidad.
Comimos, hicimos algunas compras y decidimos volver al hotel para arreglarnos un poco antes de ir al teatro (teníamos la función de las 20.00). De camino al hotel pasamos por el Madison Square Garden, donde me llamó mucho la atención el tema de los reventas. Mientras estábamos parados esperando a que cambiara el semáforo se nos acercó un negro mirando al suelo y diciendo en voz muy baja: "Tickets, tickets...".
Nos cambiamos en el hotel, dejé cargando la cámara nueva y salimos rumbo al teatro. Era un miércoles y aquello estaba tan lleno como si fuera un fin de semana. Es increíble que día tras día esté esa obra de ese modo y que día tras día se represente con igual énfasis y profesionalidad. El teatro en sí me pareció más pequeño de lo que me imaginaba, aunque la decoración era magnífica, como de los años 50.
En cuanto se abrió el telón supe que me encontraba ante algo muy distinto a lo que estaba acostumbrado, una representación de teatro a lo Hollywood, con unos efectos y una puesta en escena deliciosamente espectacular. Una intrigante y oscura subasta daba paso a la famosa historia del Fantasma de la ópera, contada y cantada en un inglés tan perfectamente vocalizado que se entendía casi al 100%. Tan sólo me perdí en las ocasiones en las que hablaban o cantaban muchos personajes a la vez distintas cosas. El resto lo disfruté en todo su esplendor. Destacaría en especial un efecto que me encantó, que es cuando los actores simulan un público del teatro por detrás del escenario. Es genial la profundidad de campo que te hacen sentir, como si realmente hubiera más butacas tras el escenario. Teatro dentro del teatro... impresionante. También me quedé pasmado en las escenas de la barca con esa niebla tan bien conseguida y en la escena en la que cae la lámpara sobre el público... espectacular. Ni que decir tiene que salí flipando del teatro. Qué lejos están estas representaciones del teatro que se hace en España... A años luz... Como siempre.
Salimos tarde del teatro, sobre las 0.00, y como el Rockefeller Center no nos pillaba demasiado lejos fuimos a ver el árbol encendido. Volvimos a disfrutar todo aquello como si no lo hubiéramos visto antes (allí hay que verlo todo dos veces, una de día y otra de noche). Fantástica la imagen de la iglesia mezclada con el humo que salía de una alcantarilla cercana; le daba un aspecto fantasmagórico.
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Entre el taxi y el interrogatorio habíamos perdido nuestras tres primeras horas en suelo neoyorquino así que nuestro paso por el hotel fue meramente anecdótico: soltar las maletas y listos. Aún así nos dio tiempo suficiente para descubrir el buen sitio en el que nos alojamos. Las habitaciones muy limpias y ordenadas y un saloncito muy entrañable a la entrada con máquina de café y té gratis y un cuenco que siempre estaba lleno de chocolatinas. Lo acabamos utilizando como nuestro cuartel general antes de salir y como sitio de charla y reunión mientras nos tomamos un buen té calentito antes de acostarnos. El hotel fue el Herald Square, muy muy cerca del Empire State. Recomendable 100%.
Eran las 20.30, noche cerrada y cielo nublado, con un frío del carajo (unos 2º). Nuestra idea inicial era ir a cenar cerca del Rockefeller Center pasando por el Empire, la Biblioteca y Times Square, pero eso fue antes de que los polis de N.Y. nos robaran dos horas y media de nuestro tiempo, por lo que tuvimos que hacer un buen recorte para este primer día.
Salimos del hotel (foto típica de la entrada) y en cuanto doblamos la esquina y aparecimos por la 5ª Av., empezamos a sufrir la "tortícolis" que tanto nos acabaría gustando. Miramos hacia arriba y vimos el famoso Empire State. Impresionante. Además las nubes y su peculiar iluminación le conferían un aspecto un tanto fantasmal, como salido de alguna película. Todo en N.Y. me recordaba al cine. Todo el tiempo que estuve allí me sentí como protagonista de alguna película. Es una sensación inherente a la ciudad. Daban ganas de sacar fotos a todo lo que veía: el Empire, los taxis, las alcantarillas, las ambulancias, el Chrysler, incluso a la propia gente que pasaba por la calle. Pero me contuve; aún nos quedaban siete días por delante.

Volviendo al Empire State... Impresionante. Ah, ¿ya lo he dicho? Pues lo vuelvo a decir : IMPRESIONANTE. Vi King-Kong por primera vez de niño, con unos seis ó siete años y desde entonces jamás he olvidado aquella imagen del mono escalando aquel apoteósico edificio. Es para mí algo muy querido, como si de algún modo formase parte de mi vida. Me trae recuerdos de mi infancia, cuando me pasaba horas y horas delante de la tele viendo cine en blanco y negro. Me emocioné realmente al estar allí delante de aquel clásico de la arquitectura. Por mí me habría pasado toda la noche mirando y admirando la parte alta del edificio. Pero aún quedaba mucho por ver.
A regañadientes consiguieron arrancarme de mis ensoñaciones y continuamos 5ª Av. arriba hasta la Biblioteca. Otra maravilla arquitectónica (imponentes los famosos leones de la puerta) y otro emblema cinematográfico: Los cazafantasmas. Aunque estaba cerrada en aquel momento, me propuse entrar antes de acabar el viaje. Necesitaba ver esas escaleras tan famosas y esa inmensidad de salas de estudios. Me encantan las bibliotecas, tanto o más que los cementerios, otros de mis sitios predilectos.
Torcimos a la izquierda en la esquina de la biblioteca y muy a lo lejos pudimos adivinar un gigantesco cartel de luces rojas cambiantes: Times Square. Aprovecho que he soltado ese "muy a lo lejos" para comentar el tema de las distancias en New York. Aunque sobre los mapas y planos las calles parecen muy juntas y estrechas, lo cierto es que cruzar una manzana no es tarea de unos segundos, y algunas ni siquiera de algunos minutos, en especial si las cruzas a lo largo de alguna avenida... se te pueden hacer eternas. Nosotros cuatro, cazurrillos de pueblo, nos pateamos casi toda Manhattan sin coger ni un metro, tomando el autobús y el taxi tan sólo cuando era estrictamente necesario. Así acabaron los pies de esta gente, con unas ampollas del tamaño de una chapa. Por suerte para mí semanas antes del viaje estuve entrenando con JuanFran pegándonos largas caminatas por mi pueblo a sabiendas de lo que me iba a encontrar en la Gran Manzana y no tuve más que "simple" cansancio (en algunas ocasiones casi agotado por completo).
Tras un buen rato caminando y cruzando calles, disfrutando como un niño del paisaje nocturno (las alcantarillas!!!! sale humo por las alcantarillas!!!!) llegamos por fin a un sitio en el que no pude reprimirme un : ¡JOOOOOOOOOOOODER! Quedé absolutamente impresionado por aquellos enormes pantallones, por aquella exagerada sobrecarga de luz y color y por aquel inagotable reguero de gente. Indudablemente habíamos llegado a Times Square. Ya me lo habían dicho, lo había visto mil veces en películas y documentales de TV, lo había visto en mil fotos, pero estar allí en persona no tiene nada que ver, fue como si lo hubiera visto por primera vez en mi vida. Creo que ha sido lo que más me ha impactado de todo New York. Aquella primera visita a Times Square me dejó literalmente boquiabierto y atontado durante muchos minutos, dando vueltas sobre mí sin saber dónde centrar mi atención. Cuando por fin pude reaccionar intenté llevarme un pedacito de aquel lugar en fotos, pero era todo de proporciones tan gigantescas y desmesuradas que mi humilde cámara no daba abasto para enfocarlo todo. Al final me di por vencido y decidí absorber al máximo todo lo que me rodeaba para llevármelo en la mejor cámara de fotos del mundo: nuestro cerebro.



Era ya bastante tarde y aún no habíamos cenado (ni hambre que teníamos) por lo que decidimos posponer la visita al árbol de Navidad del Rockefeller Center para el día siguiente. Entramos en Planet Hollywood y cenamos esa primera noche a base de gigantescas hamburguesas rodeados, como no podía ser de otra forma, por el mundo del cine.
Luego, de vuelta al hotel, ebrios de luz y de rostros desconocidos, pasamos un rato de cháchara mientras tomamos nuestro té desteinado y a dormir. Eran las 0.00 del primer día en New York y andaba tan entusiasmado que no tuve ningún síntoma del jet lag. "Dios mío, ¡estoy en New York!".
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Juanma World
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Me acompañaron esta vez: Paco, Francis y Carmen.
Con una puntualidad extraordinaria partimos del aeropuerto de Málaga rumbo a la ciudad de los sueños con la compañía Delta Airlines (vuelo directo).
Pensaba que eso de 8 horas de avión se iba a hacer algo pesado, pero a mí al menos se me pasaron rápidamente entre comidas, películas, música, libros y que me duermo en los aviones con muchísima facilidad. Además, fue un vuelo sin demasiados sobresaltos, sólo algunas turbulencias y un aterrizaje un tanto extraño, con el avión tambaleándose de lado a lado de forma extraña.
Llegamos al JFK incluso antes de tiempo, nos dirigimos a las ventanillas de la aduana y vimos cómo miraban algunos pasaporte con lupa, sacaban fotos de la gente, los hacían sellar huellas dactilares y les preguntaban cosas tan absurdas como si entraban al país para poner bombas o para hacer actos delictivos. A tal efecto tuvimos que rellenar en el avión unos papeles que entregaríamos allí, con esas mismas preguntas y otras por el estilo. Tras un buen rato de espera y tras haber pasado mis tres compañeros sin ningún problema, llegó mi turno.
Pip! Sonó algo en el ordenador al introducir mi pasaporte.
- Come with me -me dijo un hombre negro con cara de pocos amigos.
- Why? -pregunté yo, a sabiendas de que ya me había tocado la china, para variar.
- Very similar names -al menos se dignó a responderme...
Me llevaron a un cuartucho en el que había un mostrador con cinco ó seis policías, dos cuartos más y tres filas de asientos "de espera" con tan sólo tres personas a parte de mí. Antes de entrar pude ver a mis tres compañeros de viaje que me miraban con caras raras, entre miedo y extrañeza. Al principio no estuve nervioso porque sabía que aquello era perfectamente posible y además tengo un amigo que ya había pasado por eso. Pero el tiempo pasaba y las otras personas que estaban allí sentadas iban saliendo poco a poco, hasta que quedé yo solo. En aquellos momentos se me pasó por la cabeza de todo, incluso que alguno de los que se habían ido se habían llevado mi pasaporte erróneamente o que algún policía lo había perdido entre sus millones de papeles.
Tras una hora de espera me llamó uno de los policías y me preguntó que si mi nombre era sólo Juan o algo más. Yo entonces pensé que el problema estaba en lo de mi nombre compuesto, que oficialmente no es Juan Manuel, sino Juan, pero que antes de saberlo yo ponía en todos lados Juan Manuel (esto es otra historia... mi padre, cuando yo nací, olvidó poner "Manuel" en la partida de nacimiento, por lo que mi nombre oficial es Juan y mi extraoficial Juan Manuel). En fin, un follón en el que no me tenía que haber metido, pero es que pensé que por ahí iban los tiros. El poli (blanco éste) se empezó a liar también y llamó a una chica policía mexicana (que estaba como un tren, todo hay que decirlo... una de las mil Jennifer Lopez que me encontraría por NY) para que hiciera de traductora para que no hubiera ningún lío. Le expliqué la situación a la chica en perfecto español y ella entonces dijo que eso no era problema, que si Juan era el oficial, eso era lo único que valía. Empezaron entonces a preguntarme otras cosas, como mi edad, altura, peso, color de pelo, color de ojos... y ahí sí me puse algo nervioso, porque ninguna de esas cosas las sabía con exactitud y pensé que me lo preguntaban para pillarme, como si hubiera hecho un documento falso o algo de eso. El policía, al ver que me ponía un poco nervioso al contestar, me dijo que me tranquilizara, que no tenía por qué ser exacto con las respuestas, que es que lo iban a mandar a Washington, para que desde allí aclararan quién era yo. Me comentó que mi nombre, además de ser muy similar al de otras personas, coincidía con el de algún delincuente. O_o
Mi nerviosismo por aquel entonces subió algunos grados hasta situarse en algo semejante al miedo, pero no era miedo porque yo tenía (y tengo) la conciencia muy tranquila porque no he hecho nada malo (aunque también era muy consciente de que los errores y los fallos burocráticos eran perfectamente posibles en este mundo de locos). Un rato después se vino el policía a donde yo estaba sentado y me preguntó si había más gente conmigo. Le dije que sí, que tenía tres amigos esperando y me dijo que iban a tardar entre una hora y media y dos horas hasta recibir el documento para poder entrar en New York, que si quería que él me acompañaba hasta ellos para decírselo y que se fueran o que se quedaran allí. Me empezó a caer bien este poli, porque además se esforzó en decírmelo en español y de forma muy educada. Estaba claro que él sabía que yo no era ningún delincuente y eso de algún modo me tranquilizaba, y además dejó que entrara uno de mis amigos en el cuartucho para que esperara a mi lado.
Una hora y media después me volvió a llamar el policía y me entregó por fin mi documentación pidiendo "sorry for the inconveniences". Le pregunté que si algún día decidía volver por New York (cosa que en aquel momento no pensaba volver a hacer jamás) tendría que volver a pasar por todo aquello, y el tío me dijo que sí, que no me llevaría tanto tiempo como el de ese día, pero que sí que tendría que volver a sentarme allí y esperar a que dieran conmigo en sus ficheros.
En aquel momento mi indignación no iba hacia los policías, ni mucho menos, ellos estaban haciendo su trabajo y estoy completamente de acuerdo en que lo tienen que hacer bien. Mi indignación iba resumida en una frase que se repetiría una vez más a la mitad de mi viaje, cuando visité las ruinas del WTC : "Putos terroristas talibanes de mierda...". Ellos son los únicos culpables de todo aquello.
Habíamos perdido dos horas y media de ese prometedor primer día, pero no pensamos cambiar los planes. Haríamos el recorrido que teníamos previsto aunque nos dieran las doce de la noche (que nos las dieron). Así que aún sin muchas ganas de hablar por la rabia y la indignación que me comía por dentro, nos subimos a un taxi rumbo al hotel. Recordé entonces lo que comentaba El Sagutxo en su blog sobre que le había decepcionado en un principio N.Y., y es que las casas de las afueras eran todas muy normalitas (¡parecían las de Málaga!) y no se veía nada del esplendor que esperábamos. De ahí que cuando nos acercamos a Manhattan y salimos de un larguísimo túnel, todos a la vez soltamos un ¡OHHHHHHHHHH! al ver de pronto los rascacielos y todo maravillosamente iluminado. ¡Esto sí que es New York!. Se me fue el mosqueo de la aduana en un segundo y por fin pude sonreir y alegrarme de estar donde estaba.
Ahora sí, EL SUEÑO acababa de empezar :)
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Juanma World
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Mañana sale por fin mi vuelo para New York.
Aunque tengo el blog bastante abandonado pienso dar buena cuenta de mi viaje. Al menos quedará como "Cuaderno de Bitácora".
El tiempo ahora mismo allí es de -7º, con una sensación térmica de -14º. Fresquito... pero sin nieve (de momento).
Mil gracias a Regina, Marta, Fernando, Pepe, Juanfran, Jony y Paco por sus interminables y siempre agradecidos buenos consejos y recomendaciones y por toda la ayuda que me han ofrecido a la hora de preparar mis itinerarios.
Vuelvo el 18 de Diciembre. ¡Hasta entonces!
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Juanma World
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Este post va dirigido a Pepe, Carlos y Ramón, tres personas que piensan que mi "listón" está demasiado alto con las chicas.
A ver, de entrada yo no saldría con una chica que estuviera por debajo de un 7. Así de rotundo. Salir con una chica por debajo de un 7 significaría estar con ella pero con un ojo pendiente al resto de las chicas, a las que no podría mirar sin cierta lascivia. Para estar así prefiero quedarme solo.
Pero mi 7 a lo mejor es un 3 ó un 4 para otros... En mis puntuaciones a las chicas influyen mil factores, por lo que no significa que sólo me gustan las despampanantes ni mucho menos. Una chica puede tener un 9 de mi parte y estar rellenita o delgada, eso no tiene nada que ver (aunque sí que es cierto que no me gustan excesivamente gordas ni excesivamente delgadas). Como siempre en estas cosas, todo es cuestión de gustos, y cada uno tiene sus cosas.
Para mí lo principal es que haya "feeling" entre los dos, una interconexión más allá de los límites físicos. Por supuesto, de entrada se suele fijar uno en el físico, y es que si su físico no me atrae de algún modo, será imposible que tengamos algo. Imagino que esto le pasará a casi todo el mundo. Luego no me gustan ni las excesivamente extrovertidas (he llegado a conocer a chicas que saludaban con "pikitos" a todo el mundo) ni las excesivamente introvertidas (que también alguna "monjita" he conocido, de las que reniegan del sexo hasta que se casen). Se podría decir que no me gustan los excesos en ningún sentido. Me gustan las chicas sencillas y normales, las que no se ponen mucho maquillaje (o incluso ninguno), las que no se visten de diario como si fuera nochevieja, las que no fuman, las que no piensan que pasar un sábado en casa es un fastidio universal, las que son simpáticas y con las que es fácil reír y disfrutar de cualquier momento de la vida. Después de eso, sus gustos van a parte, porque cada uno es un mundo y coincidir en todo con la otra persona es algo casi imposible. Pero claro, si le gusta el cine, la lectura y la cultura en general, tanto mejor, aunque no es imprescindible.
Todo eso en una chica sería para mí lo más cercano del 10 (puntuación por cierto que no existe, ya que nadie es perfecto), y con cada cosa que hubiera que quitarle, restaría puntos.
Un 7 para mí el sitio básico por el que empezar: una chica sencilla, simpática y buena gente, normal de cabeza y normal de físico, pero con un mínimo de "feeling" entre los dos. Luego, conociéndola más, podría llegar al 9.5 o incluso más allá.
Tampoco pido tanto, ¿no?
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Juanma World
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...Y de repente, el pez que pensaba, sintió que necesitaba aire, que se ahogaba en lo más profundo del mar. Recordaba con desesperado anhelo el día que logró alcanzar la superficie, descubriendo que había otros mundos además del suyo, un mundo lleno de aire, que no todo era mar, y fue entonces cuando comenzó a agobiarse, a hundirse en la abstracción de sus pensamientos. Dejó de hablar, de relacionarse, iba al trabajo por inercia, la misma inercia que le impulsaba a comer y a dormir; se veía incapaz de sentir nada por nadie, como si fuera un robot programado para simplemente "vivir". O, más exactamente, un "zombie".
Una vez quiso el pez comunicar a sus amigos lo que le pasaba, pero cuanto más abría la boca para hablar, más se ahogaba. Ahora más que nunca necesitaba a alguien de confianza a su lado, a alguien que le tendiera una mano cariñosa, a alguien que le dijera lo equivocado que andaban sus pensamientos, que los peces tienen branquias y que el aire les mata. Pero carecía el pez de esa compañía, pues vivía en un mundo muy egoísta en el que cada uno se preocupaba por lo suyo, sin importarles los asuntos de los demás.
El pez, cansado ya de esa situación, decidió ponerle fin. Se convenció a sí mismo de que la solución estaba allí arriba, en el gran azul. Alcanzarlo para él no sólo significaba poder respirar, sino liberarse y poder disfrutar de la gloria eterna. Con determinación y confianza dejó atrás el pez su vida anterior y comenzó a aletear con fuerza hacia la superficie, convencido de que allí le esperaba una vida mejor llena de aire y de esperanza.
Encontró el pez en su camino numerosos obstáculos, a cual más duro, pero nunca se rendía, y con cada golpe recibido sus lastimadas aletas parecían vigorizarse y recobrar mayor energía, impulsándole hacia la superficie cada vez con más fuerza. Cuantos más palos recibía, tras los momentos de aturdimiento y confusión, más fuerte y confiado se sentía.
Y por fin llegó el pez al límite entre el mar y el exterior. Veía desde abajo el gran azul tan cerca que casi podía tocarlo. Pero de pronto le vinieron al pez las dudas: ¿y si salía a la superficie y no lograba la gloria eterna? ¿Y si al salir luego caía con más fuerza hacia las profundidades? ¿Y si algún extraño animal volador se lo comía al salir?
Como aún era muy joven y le encantaba la visión del gran azul decidió conformarse con ver la superficie desde abajo, viviendo siempre en el límite entre el mar y el exterior. Sería una nueva vida, con nuevos amigos y nuevas rutas que seguir. Cuando fuera viejo y le quedase poca vida, o estuviera cansado de la nueva que ahora comenzaba, entonces daría el gran salto y descubriría qué hay al otro lado. Mientras tanto viviría al límite de su sueño, buscando el siguiente objetivo que se propondría cuando cumpliera éste.
Descubrió el pez que no quería tenerlo todo en la vida, que hay que tener siempre sueños, por muy difíciles e incalcanzables que parezcan. Hay que tener siempre esa cosa de conseguir lo que nos proponemos, aunque no la lleguemos a conseguir jamás. Y si algún día la conseguimos, hay que volver a ponerse otra meta para no estancarse. Una vida sin sueños es una vida sin esperanza.
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Vecinos de Villar del Río, como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar, porque como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar...
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Otra de mis composiciones. No me gusta, pero la pongo porque tiene algunas cosillas que sí que se podrían salvar, como ese principio y algún que otro pasaje cercano al final. El resto está quizás demasiado deslabazado y como decía Pepe "no tiene una melodía definida".
Está compuesta por un piano, dos violines, una guitarra acústica y unos coros "altos" para el comienzo. Para su composición me inspiré en la bajada lenta y apaciguada de un río en kayak, disfrutando del paisaje que bordea el río, desembocando en un inmenso y precioso lago de aguas tranquilas. Es un viajecillo corto y creo que le falta cierta intensidad para su breve duración.
Lástima de ese principio coral que prometía tanto... (dentro de mis límites, claro :P). Comentar también que sé que hay ciertas notas fuera de lugar. Pero bueno, al menos sirve para ir viendo mi "progreso" (o "retroceso", según se mire), y como llevo tiempo sin actualizar (el calor de este año está quemando mis escasas neuronas) pues ahí queda eso.
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Juanma World
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Comentaba hace unos días Ricardo en "El Arrecife" unas fotos de los agricultores españoles protestando con mosaicos compuestos por frutas y hortalizas.
Y es que, si nos damos cuenta, para lo mal que van las cosas en este país y la crisis mundial que se preveía desde hacía algún tiempo, demasiado poco ha protestado la gente. Menos mal que por fin parece que se empiezan a mover (aunque con mucha timidez). Parecía que el país entero se estaba quedando de brazos cruzados ante la pasividad de los patéticos políticos (da igual el bando o partido al que pertenezcan, son todos una pandilla de ineptos chupatintas) sobre la crisis, las subidas de los precios y el estancamiento de los sueldos que, por cierto, el caralisto director del "Banco de España" aconsejaba no subir, porque decía que eso tan sólo serviría para aumentar la crisis... ¡Vaya jeta! Claro, como él ya tiene la vida resuelta y no tiene ni puñetera idea de lo que es vivir con una hipoteca cobrando 1000 € al mes, pues es fácil decirlo. Una vez más el egocentrismo de uno es capaz de anteponerse al pensamiento de millones de españoles.
Pues en mis tiempos, cuando había alguna crisis de ésta, se manifestaban hasta los niños en las puertas de los ayuntamientos, lanzando tomates u otros artilugios semejantes contra sus ventanas, se hacían huelgas multitudinarias, se paraban las clases, los universitarios exhibían pancartas fabricadas por ellos, y en definitiva, el pueblo se UNÍA contra lo que se consideraba que estaba mal por parte de los gobernantes.
Es necesario que este tipo de cosas sucedan, para que el gobierno sepa que quien manda en el país no son los políticos, sino el pueblo, como siempre debería ser. De hecho, de no ser por el pueblo ellos no estarían gobernando. Pero claro, ahora están ahí y eso es lo único que importa; ahora el pueblo es lo de menos.
Por desgracia, el egocentrismo universal que parece dominar al mundo últimamente, está haciendo mella en los españoles, y cada vez son menos los capaces de mover un pelo por el prójimo, aunque su propia pasividad signifique mal para ellos mismos a la larga. También hay mucho hoy en día del "total, por uno menos... para qué va a servir que yo proteste... que lo hagan los demás, que a mí no se me va a echar en falta". Y claro, eso llega a convertirse en una rueda de vagos y ese "los demás", que en un principio se contaban por miles, se convierten en treinta o cincuenta y llega el: "puffff, pues para hacer el ridículo con los que somos, mejor ni vamos".
Se ha perdido solidaridad y exigencia y se ha fomentado el individualismo y el conformismo. Creo que aún andamos un poco perdidos con eso del Euro y aún le guardamos demasiado respeto, un poco como que es algo que aún no consideramos nuestro y que no sabemos muy bien por dónde cogerlo todavía.
Y a pesar de que el gobierno nos lleva intentando engañar desde algún tiempo con eso de que no hay tal crisis (tan sólo ha admitido que hay crisis hace unos días... antes se negaban en redondo a nombrar siquiera esa palabra) , nadie ha sido capaz de montar una manifestación como las de antes, colapsando las capitales de provincia, cortando carreteras y demás técnicas de manifestantes. Esas acciones, como poco, daban que pensar al país. Y si no, fijáos en la "tímida" huelga de transportistas de no hace mucho. Podían haber conseguido mucho más si se lo hubieran propuesto y si la gente hubiese estado unida en todo momento, pero al menos sirvió para que todos recapacitáramos un poco sobre el asunto y para que el gobierno también bajara un poco de la alta y suave nube en la que se encontraba (y a la que parece ser que ha vuelto, como nadie protesta...).
Que suben los pisos de 15.000 pts. a 200.000 €, pues vale, nadie protesta, tan sólo se oye un simple murmullo por las calles y por los foros unos cuantos se cabrean por ello. Que sube la luz un 5%, pues vale, nadie protesta, como hace poco iba a subir un 7% (el típico engaño para tontos que nos da una idea de lo que el gobierno piensa de nosotros), pues todos contentos. Que de repente el diésel se pone incluso más caro que la gasolina (¡joder, pero en qué mundo vivimos!), pues protestan unos cuantos unos días y ya está. Que se vende droga en los colegios, que aumenta la delincuencia juvenil, que aumentan los robos, que suben los alimentos básicos, que la educación es una mierda desde hace muchos años, que todavía hay gente que paga 600€ de sueldo y que el salario mínimo está por debajo de ellos, pues vale.
No me gusta hablar de política porque los considero a todos iguales, pero que el pueblo no se mueva contra situaciones indignantes me parece muy lamentable. Es quizás una consecuencia más del escaso nivel cultural de las nuevas generaciones y un indicativo de que algo gordo va mal aquí.
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Juanma World
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Sucedió todo envuelto en una aureola que se asemejaba de algún modo a la magnífica película "Cautivos del mal" o quizás más al inicio de "Ed Wood".
Estoy visitando unos estudios cinematográficos, probablemente en Hollywood. Voy con una chica y un amigo a los que no les veo el rostro, pero sé que están ahí.
Entramos en una oficina y vemos a un hombre angustiado, con las manos en la cara, a punto de echarse a llorar. Probablemente se trata de un productor. "Nos vamos a la ruina", dice. Y ante nuestras inquisitivas preguntas nos cuenta que ya nadie cuenta historias buenas, que todo es lo mismo y que las películas de terror de hoy en día ya no dicen nada.
Entonces, como si de repente se encendiera una bombilla en mi cabeza, siento que me llega una idea tremenda para un perfecto guión de película de terror capaz de estremecer al mismísimo Cristopher Lee. Trata sobre fenómenos paranormales que suceden en una casa, pero no es la típica película de "casa encantada" si no algo muy distinto. Una película con un toque independiente y parte documental en la misma casa en la que se rodó "Psicosis". Y como por arte de magia aparece delante de mí una foto de la casa de Psicosis y otra con unos extraños dibujos de Tim Burton que según parece tengo toda la intención de adaptarlos para la película, para darle un toque aún más extraño y original.
El hombre de la oficina, en ese momento, empieza a reaccionar. "¡Un toque de frescura es lo que necesitamos!", grita, dándome una palmadita en el hombro por encima de la mesa. Comienza a remover unos papeles de entre los miles que tiene rodeándole y me extiende un folio lleno de nombres. La chica que viene conmigo y mi amigo se acercan por detrás para ver también la lista. "Estos son los únicos actores a los que podemos aspirar, echadle un vistazo a ver qué os parecen", dice el hombre. Entre todos los nombres destaca uno, el único que soy capaz de reconocer y al que me aferro desde un primer momento: Alan Ladd, uno de mis favoritos de los de "segunda fila", especializado en westerns y cine negro de serie B.
- Imposible -me dice el productor-. Se ha negado cada vez que le hemos llamado.
- Bueno, pero es que nunca antes ha tenido un guión tan bueno, y además es italiano (no sé de dónde he sacado yo que este hombre es italiano...), así que seguro que podremos llegar a un acuerdo -digo.
- Está bien, adelante -y me pasa el productor su número de teléfono.
Llamo desde la misma oficina, coge el teléfono Alan Ladd y me pongo a hablar con él.
- ¡Hola Alan! Soy Juanma, un guionista a las órdenes de ..... (digo el nombre del productor, pero no lo recuerdo), ¿hablas español?
- Non capisco -dice él, con un perfecto acento italiano.
- Do you speak English? -Pregunto con mi acento de inglés malagueño.
- Oh! Yes, yes. What do you want?
- I'm a scriptwriter working for ..... I know you have been very long time without act in any film, so I would like to offer you to act in the best horror picture of the last years. The story is ..... (y se la cuento en inglés).
- Mmmmm... I don't know you, but it sounds great... Interesting... When we start to work? -Pregunta el italiano, produciendo una amplia sonrisa en mi rostro acompañada de un gesto de mi mano con el puño cerrado y el dedo gordo firmemente levantado.
La chica aplaude, mi amigo grita "¡bien!" y el productor levanta los brazos de forma triunfal, como si hubiera ganado un Oscar.
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