28 junio 2009

Japón - 2 - Lost in the station.

Tras doce horas de vuelo París-Tokio (salimos a las 6 de la mañana hora española y llegamos a Tokio sobre las 7 de la mañana, imagináos el descuadre) y algún tren intermedio, llegamos a nuestro primer destino: Shinjuku. Es un barrio para gente de negocios y de alto poder adquisitivo. Los edificios aquí son casi todos rascacielos gigantescos y las distancias son igualmente enormes. La estación de Shinjuku es la más transitada del mundo, con un tráfico de personas estimado en 3,8 millones de personas por día y la más grande del mundo tras la de Nagoya. Tanto es así que tiene más de 200 salidas.


¡200 salidas! Hasta el tercer día no conseguimos coger el truco a la salida que llevaba directa a nuestro hotel (una de las salidas era un túnel que terminaba justo debajo del hotel). Ni los mapas repartidos por la estación lograban aclararnos las cosas. ¡Incluso los policías preferían sacarnos de la estación para explicarnos por la calle dónde estaba el hotel antes que indicarnos desde dentro de la estación! Y eso que cada vez que volvíamos del hotel a la estación mirábamos hacia atrás y tomábamos puntos de referencia para no perdernos a la vuelta... Pero nos resultaba imposible... como decía Pepe, daba la impresión de que cada vez que salíamos de la estación alguien giraba las salidas o las cambiaba de lugar o algo de eso.


Ese primer día, lógicamente, estuvimos más perdidos que ningún otro y pronto nos dimos cuenta de dónde nos habíamos metido y de las dificultades del lenguaje con las que nos íbamos a encontrar en numerosas ocasiones. Es que incluso en las máquinas para sacar los tickets del metro a veces venía todo en japonés y sobre todo la primera vez nos costó tela averiguar qué ticket teníamos que sacar (luego le cogimos el truco y ya los sacábamos sin necesidad de traducción).





Para averiguar cómo dar con el túnel que llevaba a nuestro hotel preguntábamos a gente y muchos no sabían inglés, así que hicimos buen uso del dedo mágico y a base de gemidos en plan tartaja ("ummm - ammm - umm", que traducido, viendo los gestos del tío, quería decir: la siguiente a la izquierda, luego a la derecha y después a la izquierda) nos fueron indicando con más bien poca suerte. Tras casi una hora dando vueltas en la dichosa estación, con las maletas a cuestas, el cansancio del viaje y ya un tanto desesperados, al fin dimos con un hombre que sabía inglés (mejor que nosotros, de hecho) y antes que indicarnos por dónde ir prefirió sacarnos de la estación y llevarnos él mismo al hotel callejeando a pie. Por suerte allí son la mayoría así de amables. Ven a alguien perdido y enseguida se acercan para ayudar, incluso aunque nadie se lo haya pedido (un día uno que iba en bicicleta nos vio con un mapa abierto y enseguida se bajó de la bici y nos explicó por dónde teníamos que ir).


Con un jet-lag abrumador (en mi caso un tanto menos porque conseguí dormir bastante en el avión) por fin llegamos al hotel, soltamos las cosas y salimos pitando para aprovechar el día al máximo.

24 junio 2009

Japón - 1 - Introducción.

En un principio había pensado desglosar este viaje por días, al igual que el de New York, pero resultaría demasiado pesado y repetitivo. Así que pondré las cosas tal como se me vayan ocurriendo, intercalándolas con otros posts sobre otros asuntos. De ese modo todo será más llevadero (incluso para Fernando jejeje).

Mucha gente me ha preguntado que, habiendo tantos sitios para ver en el mundo, ¿por qué Japón?

Desde pequeño me han gustado los dibujos japoneses y cuando comencé a apreciar el buen cine descubrí en ese país un filón inagotable de buenas películas. El hecho de que Toshiro Mifune sea uno de mis actores favoritos imagino que dice bastante del tema. Siempre me han encantado las películas de Akira Kurosawa, en especial todas las de las vertientes de samurais (desarrolladas también con bastante acierto por un poco conocido Iroshi Inagaki y su trilogía "Samurai") y las películas realistas de Yasujiro Ozu, o los dramones imposibles de Kenji Mizoguchi. Del cine japonés moderno, a parte de alguna que otra película de terror en condiciones, me quedo con Shunji Iwai y su "Love letter", una película sencillamente encantadora. Y por el lado de los dibujos animados, también me ha gustado mucho la vertiente japonesa, en especial los de Akira Toriyama (toda la serie Dragonball) y los de Hayao Miyazaki (muy especialmente "El viaje de Chihiro").

Y si a todo ese gusto cultural le añadimos que me encantan sus escritos en Kanji, y su forma tranquila de entender la vida, tenéis la respuesta definitiva del por qué de este viaje. Cuando Pepe y Lola (la pareja de amigos que me acompañaron esta vez) me comentaron que tenían ésto en mente, supe que iba a ser un "ahora o nunca". No todo el mundo está dispuesto a viajar a un sitio tan lejano y de hecho no pude encontrar a nadie más que quisiera venir (para pagar los gastos del hotel a medias), así que si no iba ahora con ellos probablemente no iría nunca pues no es un sitio como para ir uno solo.

Así que tras algunas dudas de última hora, producidas por la famosa "Gripe A" (de Anticrisis, claro), nos liamos las mantas a la cabeza y a volar y a vivir nuevas experiencias a un país completamente distinto del nuestro.



Un último apunte antes de cerrar esta introducción: Es impresionante cómo Sofía Coppola consiguió capturar en su maravillosa "Lost in translation" la esencia del choque cultural Oriente-Occidente y la vida en la sociedad nipona actual. Y que luego digan que en esa película no pasa nada... (por cierto, visitamos el hotel donde se rodó la película).



29 abril 2009

Madrid, Navidad 2009.

Poco después de mi inolvidable y añorado viaje a New York, exactamente el 2 de Enero, estuve en Madrid. Los motivos principales del viaje estaban centrados en el nuevo musical de Nacho Cano: "A" y la imprescindible visita al museo de Star Wars. Qué sensaciones tan contrapuestas nos llevamos de ambas visitas...


Ah, por cierto, esta vez me acompañaban Lola y Pepe.

El hotel, en pleno centro de Madrid (muy cerca de la estación de Atocha), excelente, con unas habitaciones muy amplias y un precio bastante ridículo dadas las circunstancias.

Voy a lo esencial:

- Bar-Restaurante "El Brillante" : Pedazo de bocata de calamares que nos metimos entre pecho y espalda... Los mejores calamares que he comido nunca. Aunque eso sí, con un estrés impresionante ya que no había mesa afuera disponible y tuvimos que comer en la barra, sufriendo las voces, broncas y trasiego interminable de los camareros.

- Las calles de Madrid : Puff, es que claro... acababa de estar en New York... llegar ahora y ver que lo más parecido a Times Square era el cutre y anticuado cartelito con cuatro hierros pelaos de Schweppes (¿pero alguien bebe de eso todavía? ¿aún se fabrica?) pues qué queréis que os diga... pensé que había vuelto al pasado. Todo me pareció muy cutre, sucio y prehistórico comparado con "La Gran Manzana". Joder, ¡es que es el centro de España! Estúpidas leyes de contaminación lumínica... así nos va, y luego quieren que estemos a la cabeza en Europa. Que le hablen a los Estados Unidos de esa ley, fijo que como mínimo se partirán de risa algunos minutos.


Otro tema de las calles de Madrid era la aglomeración tan exagerada a cualquier hora, especialmente notable en la calle Preciados. Era época navideña, cercana a Reyes y todos iban de un lado para otro con sus compras. Curioso me resultó el tema de que todos los sitios donde vendían lotería de El Niño estaban tan atestados que la cola llegaba a dar la vuelta a edificios casi por completo.


- Tiendas frikis : Hicimos un recorrido por tiendas frikis de Madrid para matar un poco el tiempo y ver qué había por ahí. Nos quedamos pasmados viendo la cantidad tan exagerada de material de Star Wars que había en todas ellas. Pepe y yo acabamos comprándonos (por un precio tan ridículo que llegamos a pensar que se habían equivocado) un libro enorme llamado "The making of Star Wars", repleto de fotografías y notas muy curiosas sobre el episodio 6º de la saga.

Hicimos también una parada, como no podía ser de otra forma, en la librería 8 y medio, donde vimos un montón de cosas curiosas pero a unos precios desorbitados. Tenían preparada la parte lateral de la librería para rodar la serie "¿Hay alguien ahí?", que aparece en todos los episodios (en el primero incluso se aprecia el cartel de "8 y medio").


- "A", el musical : A ver cómo lo cuento sin dañar vuestra sensibilidad... ¡VAYA MIERDA! Qué decepción tan grande... La absurda "trama" es un cúmulo de despropósitos, con unos diálogos para besugos que no hacían ni pizca de gracia, todos en un tono barriobajero poniendo a los gitanos por los suelos y tratando al espectador como a un niño de 3 años. Las actuaciones, exceptuando alguna que otra honrosa excepción, malísimas, como si todos fueran principiantes recién salidos de alguna mala academia de arte (joder, ¡si incluso uno de los actores era incapaz de contener la risa durante uno de sus diálogos!). Las canciones, en toda la primera parte del lamentable espectáculo, me parecieron malas, superficiales y mal interpretadas. Luego llegó la hora del descanso y algunas personas del público decidieron no alargar más su agonía y se marcharon del teatro. La mayor parte de los que se quedaron lo hicieron a regañadientes, sin dejar de criticar en ningún momento todo lo sucedido y con la vana esperanza de que todo se arreglase en la segunda parte.

Tengo que reconocer que la música en esa segunda parte fue mucho mejor, sin duda porque casi todas las canciones eran instrumentales. Especialmente fantástico el pianista, lo mejor del musical a años luz del resto. La trama en esta parte del musical ya no tenía remedio y para rematarla del todo, cercano ya al esperado final, todo se convirtió en un espectáculo de circo, con malos malabaristas a punto de caerse de las cuerdas a las que iban enganchados y a punto de echar el escenario abajo. ¡Patético! ¡Y yo que venía de ver la finura misma en escena como era "El fantasma de la ópera"! ¡Dios mío, lo que le queda al espectáculo español por aprender de las grandes representaciones!

Por suerte, cuando toda esa pantomima de fantoches y estupideces dio a su fin (a la que por cierto me negué a aplaudir y cuando lo hice fue mirando al pianista, pues fue la única parte que me gustó de todo aquello), nos llevamos una sorprendente alegría. ¡El mismísimo Nacho Cano salió de entre el público y subió al escenario! Soltó unas palabrillas de agradecimiento por estar allí (por lo que habíamos sufrido, más bien) y luego, para mayor sorpresa de todos, ¡se puso a tocar una canción de Mecano! Fue la de "Un año más", pues acababa de empezar el 2009 y aquella fue la primera (¿y quizás la única?) función del año. Fue genial, sólo por aquella parte había merecido la pena estar allí y tragarse todo el bodrio anterior. Sólo esos diez minutos de magia le daban mil vueltas al teatrillo de barrio que habíamos visto. Aunque no se podían sacar fotografías allí dentro, logré capturar aquellos momentos en dos instantáneas sin que nadie se enterase. A pesar todo, Nacho Cano me sigue pareciendo un genio y consideraré "A" como un simple tropiezo en su carrera.

- El museo de Star Wars - ¡IMPRESIONANTE! Imprescindible para todo fan de la saga. ¡C3PO y R2D2 estaban allí! Lo flipé como un niño chico... no paré de darles vueltas, fijándome en cada detalle, en cada tuerca... Me parecía increíble que pudiera tener delante de mí las piezas originales de esas películas. El traje de Darth Vader, Yoda, parte de los escenarios, ¡incluso Chewbacca y Bobba the Fett! Todo bajo el decorado de una nave imperial, con sus compuertas poligonales y sus luces de neón. Perfecto el tinglado que habían montado para hacernos revivir la magia de la saga en todo su esplendor. ¡Y el precio fue ridículo, sólo 10 €!



- El museo Reina Sofía - Por fin pude enfrentarme a la obra original que tan bien conocía por el puzzle de 5000 piezas que hice hace unos años: El Guernica. Lo mejor de Picasso, de una fuerza visual aplastante. Ocupa una sala por completo del museo y si ya en fotos y en libros impresiona, no os podéis hacer una idea del impacto que siente uno cuando lo ve en persona, a tamaño gigante. Llamaba la atención el sistema de detección de cámaras de fotos, que en cuanto alguien sacaba una del bolsillo o de sus bolsos o hacía algún amago de pulsar algún botón, sonaba un pitido y una de las azafatas, expresamente dedicadas a ello, salía disparada como una flecha hacia la persona de la cámara y le prohibía sacarla. Curiosamente la mía no la detectaron y pude sacar 2 fotos sin problemas jeje.


Un viaje de fin de semana completito del que aprovechamos hasta el último segundo.

28 febrero 2009

New York - 10 - Día 9 - Último día.

Último día en la ciudad que nunca duerme. No hay demasiado que contar, últimas compras, una visita que tenía pendiente, últimas fotos en el hotel y a salir pitando un tanto tristes, porque otras de las cosas que tiene esta ciudad es que engancha. Al principio te cuesta hacerte un poco con todo y vas como empequeñecido, pero al cabo de los días te llegas a integrar en ese endiablado ritmo de vida y le coges el gustillo.



Aquel día decidimos que cada uno a su bola, así que me levanté a la hora de las tiendas, compré las cosas que me faltaban y fui a la Public Library, el lugar en el que se rodaron algunas escenas de los Cazafantasmas. Ya había intentado entrar otros días, pero por los ajustados horarios a los que está abierta nunca pude pasar de la puerta. No me podía ir con esa espinita.


El típico segurata de dos metros y hombros anchos en la puerta, el típico control de mochilas al que ya me había acostumbrado (éste era de los ligeros, sólo controlaban que no llevaras nada de comida) y ya estaba dentro. Aquello era impresionante, desde la entrada ya me recordaba a la película. Fui directo hasta una de las escaleras y comenzó la sucesión de fotos. ¡Estaba todo igual! Toqué cariñosamente las paredes como suelo hacer casi siempre en estos sitios para, de algún modo, establecer un lazo entre el pasado y yo. Estuve un buen rato mirando cada detalle de aquellas escaleras, situándome en varios puntos para intentar adivinar dónde estaban colocadas las cámaras y los actores en el momento de la grabación de la película y el recorrido que hicieron por allí. Luego subí a la segunda planta y entré en la biblioteca en sí. Había una vieja con cara de pocos amigos haciendo guardia en la puerta, pero estaba tan entusiasmado que no tuve ningún reparo (ni lo pensé siquiera) en acercarme y preguntarle si podía sacar fotos. Me dijo que sí, que mientras no utilizara el flash ni hiciera ruido, no problem. Ni que decir tiene que me hinché de sacar fotos ahora que tenía el visto bueno de los responsables de aquello. La biblioteca en sí es toda una obra de arte, desde la arquitectura exterior hasta la interior, pasando por unas obras de arte magníficas tanto en los pasillos como en los techos, de una belleza inconmensurable. ¡Vaya biblioteca! Me pasaría días enteros allí dentro leyendo o admirando la inmensidad del edificio. No tuve tiempo para pararme a observar los libros que había por allí, pero seguro que había grandes obras. Las salas de lectura eran enormes y con varias plantas. A la salida, otro vistazo a las escaleras y a los cuadros como si de un momento a otro pudieran cobrar vida como en la película. Sin lugar a dudas, un broche de oro para un viaje que jamás podré olvidar.




Los del hotel nos ofrecieron un transporte privado hasta el aeropuerto por 100$ y lo cogimos sin dudarlo. En una hora estábamos ya preparados para dejar atrás todos aquellos días de ensueño en la que se ha convertido, desde el primer día que llegué, en mi ciudad favorita. Luego unas ocho horas de avión que me las pasé casi todas durmiendo por el cansancio que llevaba a cuestas y de vuelta a la realidad.

Gracias Paco, Francis y Carmen por vuestra compañía en esos maravillosos días y por supuesto, gracias New York por estar ahí, tan espléndida y magnífica como en las películas, tan romántica, tan acogedora y tan llena de luz y color. Si cada viaje en sí es una experiencia, este viaje ha sido "La Experiencia". Ni que decir tiene que...

I LOVE N.Y.

14 febrero 2009

New York - 9 - Día 8 - Washington.

Aún no eran las seis de la mañana cuando Francis y yo nos encontrábamos en un Amtrak en la Penn Station rumbo a Washington. Paco y Carmen prefirieron quedarse en New York comprando. No llovía a aquellas horas de la mañana, pero hacía mucho frío. El tren llevaba la calefacción tan alta que al cabo de quince minutos estábamos asados, por lo que llegamos a Washington casi en mangas cortas.

El viaje, de unas tres horas y media, me recordó muchísimo a las primeras escenas de la película "Dead man" de mi adorado Jim Jarmusch, donde, con planos laterales y fugaces, se van viendo partes de la "América profunda" por las ventanillas del tren. Mucho bosque profundo y abandonado, mucho terreno "por descubrir" y casas y pueblos enteros aparentemente aislados era lo que predominaba en el paisaje. Curioso me resultó el paso por Philadelphia, con sus canchas de baloncesto a pie de calle, como en las películas. Debido a la temprana hora, la escasa luz y al frío había un ambiente solitario y triste que lo inundaba todo.

Llegamos a la enorme estación de Washington poco antes de las diez, compramos un callejero y planeamos nuestra ruta del día. Muchas cosas por ver en tan poco tiempo (nuestro tren de vuelta saldría a las 21.30), pero no pensábamos correr, queríamos verlo todo tranquilamente, sin prisas. Al final lo vimos todo, más incluso de lo que esperábamos, aunque a costa de nuestros pies.


Estaba lloviendo cuando salimos de la estación, una lluvia que sería intermitente a lo largo del día, con rachas de lluvia fuerte y cortes repentinos, como si alguien estuviera abriendo y cerrando un grifo aleatoriamente. Los paraguas no nos impidieron ver, desde las puertas de la estación, la cúpula del Capitolio, justo delante. Se trataba de nuestro primer objetivo, así que allí nos dirigimos.


Nos pareció muy extraño no ver absolutamente nadie por las calles, aún a pesar de la hora. Fue una sensación que nos duró todo el día; incluso llegamos a pensar que quizás había alguna amenaza terrorista o algo de eso, porque no nos pareció nada normal. Me sentía un poco como en "28 días después", caminando por un Washington (en la película era Londres) desierto a plena luz del día.

Poco antes de llegar al Capitolio nos topamos con algunos soldados con cascos a lo "Splinter Cell" y con unas gigantescas metralletas que te dejaban sin aliento, custodiando la entrada al recinto junto a una barrera. Imponía toda aquella parafernalia yanki. Un tanto temerosos decidimos avanzar más allá de la barrera para sacar algunas fotos frontales del edificio. Ya nos dirían algo si no podíamos pasar, ¿no? Tomamos las fotografías que queríamos con los paraguas en la otra mano hasta que le tocó el turno a la fotografía frontal. Nos encontrábamos a ras de suelo, justo frente al edificio, pero no nos atrevíamos a subir las interminables escaleras que daban a la puerta porque arriba del todo había un soldado con una de esas imponentes armas. Pero Francis quería una foto junto a las escaleras en la que se viera el edificio completo, así que me apoyé en una valla justo delante y busqué el enfoque apropiado. "Algo más atrás, más atrás", le decía a Francis, intentando que la foto quedara bien. "Más atrás, un poco más", y tanto, que llegó hasta justo donde comenzaban las escaleras. Fue entonces cuando oímos una voz dando gritos y veo al soldado moviendo su brazo derecho hacia Francis. Pensé que le estaba diciendo que no subiera más, pero fue todo lo contrario. Le dijo que subiera hasta la mitad de la escalera y que él se ocultaría tras una columna para que pudiésemos sacar bien la foto (como podéis apreciar en la fotografía, no le di el tiempo suficiente para ocultarse... jejeje). Ese gesto nos encantó y de algún modo nos quitó el temor interno que llevábamos (al menos yo, que no tenía ninguna gana de que me pidieran la documentación y que tuviera que pasarme otras dos horitas retenido allí).


Dimos la vuelta al Capitolio para verlo desde el otro lado y desde allí comenzamos a buscar alguna cafetería o algún sitio en el que poder desayunar. ¡Lo que nos encontró encontrar algo de "civilización"! Tras un buen rato callejeando y casi por instinto, llegamos a un aislado Deli, situado en medio de muchos edificios burocráticos. Sus únicos clientes en aquellos momentos eran policías y soldados vestidos con sus uniformes del ejército.

Ya con el estómago lleno pusimos nuestros pies en dirección al Museo Nacional del Espacio y del Aire Smithsonian. Como el resto de Washington, el museo se encontraba casi desierto y pudimos verlo todo tranquilamente. Es un museo espectacular, y además gratuito, con aviones a tamaño real colgados por todos lados y lo más impresionante, con las cápsulas espaciales de la Nasa, también a tamaño real y permitiendo ver el diminuto cubículo en el que viajan los astronautas. Qué agobio tiene que ser estar metido ahí dentro tanto tiempo... Luego estaba la parte de los aviones de guerra, donde se encontraba el del Barón Rojo, muy entrañable para mí, porque de pequeño monté una maqueta a escala del mismo avión y verla allí tan gigante y tan exactamente igual, me trajo muchos recuerdos. Entre los aviones más fomosos estaba también el de Amelia Earhart y el Spirit of St. Louis. ¡Incluso había un helicóptero!


Ésta es la segunda araña de este tipo que me encuentro por la calle. Vi una semejante
junto al Guggenheim de Bilbao.

El Smithsonian Institute. Decidimos no entrar para poder ver otras cosas.

Sin desperdiciar ni un minuto salimos del museo hacia el Obelisco, el monumento a George Washington. Allí se levantaba, erguido sobre el centro de una rotonda ajardinada, una de las construcciones más conocidas del mundo. Tanto en las películas como en la tele, el Obelisco parece bastante más pequeño de lo que es cuando lo miras desde allí abajo en persona. Impresionaba mucho. Un rato después descubrimos fascinados que ¡se podía subir arriba del Obelisco! No tenía ni idea de que se pudiera hacer tal cosa, pero lo vimos en un cartel que ponía que para subir había que llevar tickets sacados no sé dónde, o ser personal VIP. Tras haber sacado montones de fotos, cuando nos disponíamos a salir de allí, nos llamó un guardia de seguridad (otro con metralleta) que custodiaba la entrada al Obelisco (sí, ¡había una puerta que daba a su interior!). "Do you wanna go up there?", nos gritó a pesar de que estábamos allí justo delante suyo. "We would like it, but we haven't tickets", le contestamos, a lo que nos comentó que estaban a punto de cerrar y que no habían agotado el cupo de visitas (supusimos que mucha gente con tickets para ese día no fue) y que podíamos entrar sin pagar. ¡Qué bien me caen estos "Marines"! Pasamos un ligerísimo control de seguridad y nos subimos en el ascensor dispuestos a hacer historia. El chico del ascensor, un negro joven muy simpático, nos fue contando parte de la historia de cómo se construyó el Obelisco y lo que medía y eso (169,29 m.). Desde arriba las vistas eran impresionantes. Hay cuatro escotillas correspondientes a las cuatro paredes del Obelisco, y cada una apuntaba a una parte de Washington, a cual más espectacular. Me parecía increíble que estuviera allí arriba, fue toda una inesperada y fantástica sorpresa. A la bajada, el ascensor iba parando en algunas partes, desempañándose sus puertas blancas (en un curioso sistema que hacía que las partes blancas de la puerta del ascensor quedaran transparentes) para que pudiésemos ver los bloques del interior del Obelisco, los bloques que habían donado algunos países e instituciones. Y digo yo, ¿por qué no bajar con las puertas transparentes en todo momento? ¿Por qué las volvían a tapar en determinadas partes para que no viésemos esas partes de la pared y las destapaban de nuevo algunos metros después? A saber lo que tienen allí oculto.



Desde el monumento, aún fascinados por haber estado allí dentro, nos dirigimos hacia la Casa Blanca. Allí andaban liados con los preparativos de Obama, pero en cuanto a gente de calle se refiere, seguía estando todo muy desierto. Vimos una fila de vallas que parecían rodear la casa y algunos coches de policía por dentro de ellas. Tras esas vallas había una carretera y al cruzarla, por fin, las verjas de la Casa Blanca, una imagen vista millones de veces en millones de sitios, y ¡la tenía justo al lado! Pero no me conformaba con verla desde ese sitio, quería estar más cerca, así que se lo comenté a Francis y nos dijimos que no perdíamos nada por intentarlo; cruzamos la valla primera y llegamos hasta la mismísima verja de la Casa Blanca, la que daba a los jardines. Desde allí sacamos un montón de fotos, metiendo incluso las manos entre las rejas, sin perder de vista el coche de policía que teníamos justo detrás de nosotros.


Eran ya casi las tres de la tarde y ni Francis ni yo teníamos hambre, nos compramos un botellín de agua, tomamos algunas chocolatinas y a continuar la caminata. Aún en los alrededores de la Casa Blanca nos encontramos con un curioso monumento: un pelotón de soldados en mitad de un parque, en formación, dirigiéndose a una bandera. Se me puso la piel de gallina cuando los vi de cerca. Parecían personas disecadas. Estaban todos hechos con un grado de realismo espeluznante. Pensé en aquel momento que no me gustaría andar por ese sitio de noche a solas.


Unos minutos más tarde llegamos al principio de la "Reflecting Pool", de camino hacia el monumento a Lincoln. Todo aquello seguía inusitadamente desierto, por lo que las ardillas del precioso parque que rodeaba el estanque se nos abalanzaron casi literalmente (a Francis se le abalanzaron literalmente en cuanto sacó los Lacasitos). Aquel parque entraba dentro de mi larga lista de lugares románticos de este viaje y de nuevo pensé que sería maravilloso dar una vuelta por allí con tu pareja agarrados de la mano. Una vez subidas las escaleras que llevaban al monumento se encontraba la famosa inscripción de Martin Luther King: "I have a dream". El monumento en sí consiguió estremecerme de la emoción. Impresionante estatua, muchísimo más grande de lo que jamás habría pensado, y con un nivel de detalle que me dejó boquiabierto un buen rato. No os podeís imaginar lo que impresionaba estar allí delante. ¡Daban ganas de abrazar a Lincoln!


Desde allí partimos hacia el cementerio de Arlington, un largo peregrinaje a pie para ver la tumba de Kennedy. Pasmado me quedé al ver la inmensidad y la brutalidad del cementerio. Millones y millones de tumbas, ordenadas por batallones. Daba miedo pensar siquiera el dolor que había llevado a toda aquella gente hasta allí. Me impactó muchísimo aquel sitio, tanto que casi me fue imposible hablar desde que entramos hasta un rato después de salir de allí. Había comenzado a anochecer y estaban a punto de cerrar el cementerio, por lo que nos pusimos a buscar la tumba de Kennedy sin entretenernos en otras cosas. Tras algunas indicaciones de un guardia bastante amable, pronto dimos con la tumba de Kennedy y la de su familia. Quedaba justo al pie de una colina coronada por una casita y una bandera americana que en aquel momento ondeaba a media asta. Impresionante estar allí delante de aquella tumba, iluminada por dos antorchas de fuego incrustadas en la tierra, con su esposa y sus hijos a los lados. Un tanto alejado de ellos se encontraba la de su hermano Robert. Pensábamos ir a ver la tumba del Soldado Desconocido, pero estábamos tan exhaustos que sólo tuvimos fuerzas para subir a donde estaba la bandera americana para poder ver el Pentágono desde allí. Os aseguro que me costó muchísimo incluso subir aquella cuesta hasta la bandera. Tenía los pies reventados.


Desde ahí arriba se veía parte del Pentágono.

Salimos del cementerio envueltos en el oscuro manto de la noche, al amparo únicamente de los focos que alumbraban las calles. Eran las cinco de la tarde. Miramos el mapa para ver qué podíamos hacer en el tiempo que nos quedaba y a Francis se le iluminó el rostro al ver que en una esquina del mapa, a la izquierda de Washington, aparecía la palabra: Georgetown. Recordó que su película favorita transcurría allí. Se acordaba incluso de la calle donde vivía la protagonista: Prosper Street. La película era "El exorcista". Como no teníamos nada mejor que hacer, tomamos un taxi y allá que fuimos como dos frikis cinéfilos a la búsqueda de la casa de Regan McNeil y de las famosas escaleras de la película. Nos dijo el taxista indio (o pakistaní o lo que sea... uno con turbante, barba y cara de mala leche) que Prosper Street era una calle muy larga, que dónde queríamos ir exactamente. Le estuvimos hablando de la película, pero como si hablásemos en chino... el tío no la había visto y no tenía ni idea de dónde podía estar la casa. Increíblemente, sin decir nada, el colega paró ¡justo delante de la casa y de las escaleras! Nos quedamos alucinados. ¡Nos dejó justo allí como el que no quiere la cosa! ¡Con lo larga que era la calle! Increíble. Las escaleras... ¡puf! ¡Eran las mismas! La localización de la casa no la teníamos muy clara, por lo que empezamos a preguntar a la gente que pasaba por allí, dándonos una disparidad de opiniones, pero casi todas coincidían en una. Hubo un señor mayor, de unos sesenta años, que se emocionó realmente cuando le preguntamos y nos estuvo explicando que él incluso estuvo presente cuando grabaron la película. Pero no era la casa que él decía, si no la que nos dijo otra gente la que aparecía en la película, y estaba habitada; ¿cómo podía vivir alguien ahí? Brrrrrr... susto me da sólo de pensarlo. En cuanto empecé a sacar fotos del lugar alguien dentro de la casa cerró todas las persianas ruidosamente y apagó las luces. Imagino que estarían cansados de que llegara gente a la casa por la película. Era ya noche cerrada, llovía de forma intermitente y ligera, como en forma de nieve, había un poco de neblina y hacía tanto frío que nos salía humo al respirar incluso por la nariz. ¿Qué mejor ambiente que ese para una película de terror? Francis se acordó de que llevaba en el móvil una foto de la portada de la película, y sí, ¡indudablemente aquélla era la casa! Incluso las farolas eran las mismas. Y las escaleras... las escaleras daban pánico. Fue allí donde acabó el padre Karras. Parecía que se hubieran mantenido exactamente como cuando se rodó la película, igual de siniestras. Como nota curiosa comentar que había una chica zumbada (otra más en nuestro camino americano), vestida con chándal y zapatillas de deporte, que se dedicaba a subir y bajar la escalera a modo de "footing". Y claro, nosotros queríamos tomar nuestras fotos, así que aprovechábamos cuando ella bajaba y hacía sus ejercicios para sacar rápidamente las fotos. La chica, al rato de estar dando la lata para arriba y para abajo, pareció darse cuenta de que nos estaba interrumpiendo y, respirando dificultosamente, nos dijo que si queríamos que nos hiciera una foto juntos. A regañadientes, y por no hacer el feo (que fea no era, precisamente... jeje) le presté mi cámara dispuesto a salir pitando detrás de la chica si salía corriendo con ella (con serias dudas de si sería capaz de darle alcance). Nos sacó una foto descuadrada y horrible (mejor que siguiera corriendo, porque como fotógrafa no tenía ningún futuro) y se nos presentó y todo. Nos habló un poquito en español (lo cual nos hizo suponer que quizás había entendido alguno de nuestros: "Joder con la tipa ésta, ¿no? Ya podía irse a correr a otro lado...") y nos dijo que estuvo estudiando en Sevilla dos años o así. Estuvimos un ratillo hablando y luego se fue y nos dejó solos estudiando nuestra escalera. Francis llegó a contar los escalones: 39, aunque luego descubrimos ese número escrito con tinta roja justo en el último escalón. "El exorcista" no es ni de lejos mi película favorita, ni está entre ellas, pero el encontrarme en aquel lugar, en aquellas circunstancias climatológicas, produjo en mí casi el mismo efecto que en Francis, una emoción difícilmente contenible.



Eran casi las siete y media cuando la fina lluvia de antes se había convertido en diluvio, por lo que decidimos poner fin a nuestra expedición y coger un taxi para la estación. Me costó arrancar a Francis de allí. Ya en la estación cenamos y nos subimos al tren de vuelta a New York. Llevaríamos una media hora de viaje cuando me di cuenta, al mirar por la ventana, de que todo estaba nevado. ¡Todo el paisaje aparecía blanco! Los coches aparcados, todos con un manto de nieve blanca encima, las carreteras, las casas, incluso las vías no usadas... Una tonta sonrisa asombró a mi rostro. Era el mejor colofón posible a este maravilloso viaje: la nieve.

Llegamos a New York ansiosos por ver si allí también estaba todo nevado, pero por desgracia no fue así. Hacía un frío que cortaba, y lo que antes había sido nieve ahora eran placas de hielo. No estaba nevando, pero sí había nevado un poco a lo largo del día. El manto blanco que cubría los coches de allí no era nieve sino hielo. Luego Paco y Carmen nos dijeron que les nevó por la tarde y se pusieron como locos a dar saltos de alegría en mitad de la calle. Pero bueno, no se puede tener todo en esta vida, y Francis y yo teníamos motivos más que sobrados para alegrarnos de haber pasado el día en Washington, a pesar de no haber visto la nevada. Yo al menos pasé un día genial, cargado de emociones y experiencias.

El día siguiente sería nuestro último día en New York. Ya veréis que incluso ese día lo aproveché al máximo. Tenía una cuenta pendiente con los Cazafantasmas.

10 febrero 2009

New York - 8 - Día 7 - Breakfast at Tiffany's

Mis compañeros de viaje decidieron ir en este día a Harlem a ver una misa Gospel, pero como a mí eso no me llama mucho la atención, preferí pasar el día yo solo deambulando por New York.


Así que desayuné donde siempre y cogí la 5ª para arriba a ver a dónde me llevaban mis pies. Esta vez no tenía ningún plan especial. Qué gustazo caminar tranquilamente por esas calles, me hacía sentir muy feliz; llevaba siete días ya en aquella ciudad y todavía me costaba creerlo.



Llegué al Rockefeller Center, admirado de nuevo por el árbol de Navidad y la pista de patinaje y se me ocurrió subir al "Top of the Rock". ¡Quedé alucinado con el espectáculo del ascensor! Cuando entras en él y se cierran las puertas, todo queda a oscuras por un momento y de pronto el techo se vuelve transparente. A través de él se ven unas luces azules galácticas (todo en plan muy futurista) y cuando comienza a subir el ascensor se inicia una especie de película en el techo que lo que hace es realzar la sensación de vertiginosa subida mediante rayos láser a gran velocidad. Era un poco como la "hipervelocidad" de películas tipo Star Wars. Desde arriba, otra maravilla comparable a las vistas del Empire, pero distintas. Desde aquí, mirando a un lateral, se veía Central Park como si fuera una postal, y desde la otra parte se veía el Empire State, majestuoso y desafiante, como el hermano mayor del Rockefeller Center. Otra cosa a destacar del Top of the Rock respecto al Empire es que había una pequeña subida "extra" a un mirador sin barrotes ni cristales, tan sólo resguardado por una pequeña barandilla no superior a la cintura. La sensación de vértigo era tremenda, fantástica.




Un buen rato después de mil fotos y videos salí del edificio paseando tranquilamente por las calles rumbo a Central Park. Por el camino observé algunas curiosidades, como la de la enorme cola que daba la vuelta casi completa a la juguetería FAO. Se notaba que era Domingo con el día de Navidad bien cerca, y no sólo por la juguetería, sino por todas las tiendas, con colas a rebosar y las calles abarrotadas de personas (tanto fue así que "mis amigos" los policías tuvieron que cortar muchas carreteras porque el reguero de personas era tan brutal y continuo que ningún coche podía cruzarlas. Pasé por delante de Tiffany's y como no, no pude remediar el "flash" de la película con su pegadiza melodía que ya no me abandonaría en todo el día. Me sentía tan genial que caminaba por las calles con una sonrisa tonta siempre dibujada en el rostro. Por si no lo he dicho antes, me encanta New York.



Desde que lo volví a ver en el Top of the Rock, tenía muchas ganas de volver por el Central Park, así que tras Tiffany's y el cubo de Apple fue mi siguiente visita. Ésta vez el parque estaba plagado de familias jugando por el césped (al igual que sucede en España los domingos) y todo aparecía más repleto que la primera vez que lo visité con mis compañeros.



Cruzando parte de parque y parte de avenida llegué al Metropolitan Museum of Art y allí que entré. Eran las once de la mañana y no sabía muy bien cuánto rato iba a pasarme en el museo (los pies andaban ya bastante resentidos de toda la semana) así que pensé que 18$ por una entrada de quizás una hora era demasiada pasta. (Aquí viene el tema que comenté en entradas anteriores de que pagamos la "novatada" con el Museo de Historia Natural y que Suntzu me preguntó). Me dirigí hacia una de las chicas del mostrador (la más guapa para mí, por qué no decirlo :P) y le pregunté que si había alguna entrada de coste menor para alguien que sólo quiera pasar unas horas en el museo. La chica, que además de guapa era simpatiquísima, me explicó que en New York no había que pagar nada obligatoriamente para entrar en los museos, que se paga la voluntad y que los 18$ es un precio tan sólo "recomendado", que en realidad incluso podría entrar gratis, pero me comentó que si pagaba tres ó cinco dólares estaría bien, como muestra de cortesía. Le agradecí muchísimo su sinceridad y simpatía (me dieron ganas de estamparle dos besos, pero esas muestras de cariño tan a la española no son bien interpretadas a veces fuera de nuestras fronteras) y fui al mostrador a pagar la entrada. "One ticket" -dije mirando a la dependienta, infinitamente más fea que la chica de información. "18$" -dijo ella como quien dice "holaquétal". Le solté los cinco pavos. "Just five dollars???!!!" -Preguntó ella extrañada al principio. "I think I'm not going to stay here more than one hour... probably not even thirty minutes...". A lo que ella enseguida respondió con un "ok, ok, no problem". Al final estuve allí metido casi cinco horas.


El Metropolitan es espectacular, a la altura de los museos franceses como el Louvre o el D'Orssay. Quizás más parecido al segundo que al primero. Es un museo tan enorme que en cinco horas tan sólo tuve tiempo de ver la planta baja y os aseguro que acabé bastante reventado. Me sorprendieron las obras de los de siempre como Hopper, Picasso y Dalí (impresionante sobretodo uno de los cuadros de Dalí, gigantesco) y descubrí algún "nuevo" artista. También me encantó toda la parte de Egipto, donde incluso habían reconstruído a tamaño real la tumba de un faraón. En otra de las galerías (ya con los pies que ni los sentía) estaba el famoso cuadro de George Washington, ese que aparecía en los libros de Sociales en octavo de EGB (que ya ni octavo, ni EGB, ni probablemente sepan los niños de esa edad quién era ese presidente). El museo era tan exageradamente grande y con tantos pasillos (laberínticos en la zona de Egipto) que llegué a perderme y tres veces pasé por el mismo sitio buscando la salida. Os aseguro que cuando se está reventado y se quiere salir de un sitio y no se encuentra la salida, llega a agobiar un poco.



Estaba oscureciendo cuando salí del museo y a pesar del cansancio tenía ganas de seguir deambulando por las calles, así que volví al hotel a pie, parando en algunas tiendas para realizar algunos encargos.


En el hotel mis compañeros me dijeron que habían vuelto pronto de Harlem, que tampoco había sido una gran cosa lo de ir allí. Luego juntos fuimos a la estación de tren. Le comenté a Francis y los demás mis intenciones de destino para el próximo día (el penúltimo de mi estancia en New York) y tras un rato de debate Paco y Carmen decidieron quedarse en New York mientras que Francis vendría conmigo.


El día siguiente lo pasaría en Washington.

28 enero 2009

New York - 7 - Día 6 - Compras.

Día exclusivo para compras. Fuimos a un gigantesco Outlet de New Jersey, donde nos habían dicho que estaba todo más barato que en New York. Al final tampoco fue para tanto.


(¿Ves, Fernando como también sé escribir como a tí te gusta, directo al grano, sin rodeos? Que luego me dices que te aburro... jejeje)

25 enero 2009

New York - 6 - Día 5 - Central Park y Museo Historia Natural

Aquella mañana hacía más frío que nunca, tanto que incluso llegaban a formarse estalactitas de hielo en los puentes y en los sitios donde normalmente no llegaba el sol. Por suerte casi no había nubes y pudimos tener otro día apacible en "la gran manzana".
Hacía tanto frío que se formaban auténticas "estalactitas" de hielo en algunos sitios.

Sin tener mucha idea de qué parte íbamos a ver exactamente de Central Park (que no lo podíamos ver entero es lo único que sabíamos a ciencia cierta), comenzamos bien temprano por el lado sur del parque. Tan temprano era que aún los puestos no estaban abiertos y los de mantenimiento estaban quitando las placas de hielo de algunos caminos.


Dice Francis (que ya había estado allí antes) que he visto Central Park en la peor época del año, porque la mayoría de los árboles estaban desnudos, con las hojas tiradas a sus pies. El caso es que si ésta era la peor época del año para ver este parque y salí absolutamente encantado, ¿cómo será la mejor? Es un parque muy romántico, con unos lagos impresionantes y muchos parajes preciosos que invitaban a pasear tranquilamente. En especial me gustó uno de los lagos principales, cerca del "Imagine" de Lennon, la parte de "Alicia en el país de las maravillas" y el puente que hay cerca de la pista de hielo. Era curioso que desde primera hora de la mañana había gente corriendo por todos los lados del parque, por carriles habilitados a tal efecto.


Guiándonos por los mapas que íbamos encontrando por el camino llegamos, junto a una de las puertas laterales del parque, al edificio Dakota, donde asesinaron a John Lennon y donde supuestamente aún vive Yoko Ono. Cerca de él y ya dentro del parque, en la zona llamada "Strawberry Fields" un círculo bastante grande en blanco y gris con la palabra "Imagine" en su interior conmemoraba la muerte del cantante.


Más adelante llegamos a mi lago favorito, donde vimos una cosa curiosa: En un tramo recto de unos 30 metros, un hombre negro se dedicaba a caminar de un lado para otro y cuando llegaba a una de los extremos, paraba y decía algunas frases. Parecía que estuviera rezando... pensamos que se trataría de algún tipo de promesa, o yo qué sé qué. El caso es que el tío no dejó de hacerlo porque nosotros estuviéramos delante sino todo lo contrario, alargó los momentos de parada junto a nosotros con sus extrañas frases. Otro americano zumbao más en nuestro viaje.


Continuamos andando, rumbo al lugar de Lewis Carroll, pasando por un enorme pasillo con bancos a los lados y donde cada banco tenía una placa distinta en honor a algún personaje famoso. Podría haberme pasado el día entero mirando los bancos del parque. Es un parque con mucho por explorar, montones de rincones espectaculares y de sitios en los que sentarse a disfrutar con el paisaje. Por supuesto, también había ardillas por aquí. Descubrimos que les encantan los Lacasitos.


Cerca de las doce de la mañana llegamos a la parte del parque que "conectaba" con el Museo de Historia Natural y decidimos entrar. Como siempre, enormes colas serpenteantes plagadas de gente, aunque esta vez iban rápidas y no pasamos más de veinte minutos en ellas. Pagamos la "novatada" de sacar la entrada por 18$ (en el post del día 7 explicaré el por qué). La entrada del museo no era ni mucho menos tal y como me la imaginaba. Días antes de ir vi "Una noche en el museo" (por cierto, película casi exclusiva para público infantil) y esperaba que todo estuviera exactamente igual que en la película, en especial el Tiranosaurus Rex y Theodore Roosvelt, pero al entrar estaba el esqueleto de un Diplodocus y el de un Velocirraptor como piezas centrales, en el sitio en el que en la película sale el Rex. Roosvelt no apareció en todo el museo.


Una vez dentro todo adquiría otro matiz. Resultaba impresionante la calidad de las figuras expuestas y la sensación de profundidad que daban con esos dioramas curvos de fondo. ¡Te conseguían trasladar a cada lugar en cada escaparate! En todos, si te parabas a mirarlo de cerca, daba la impresión de que estabas allí, dentro de esa escena. Espectaculares las vitrinas de los lobos, los osos y las panteras, todos a tamaños reales. También era impresionante toda la planta de los fósiles, reconstruidos a tamaño supuestamente original, aunque me decepcionó mucho ver que el Tiranosaurus Rex no estaba puesto en pie, sino tumbado, perdiendo mucha sensación de grandeza.



Recorrí todo el museo al completo y cuando terminé, como había visto tan pocas cosas semejantes a las de la película, pregunté a una empleada que cómo era aquello... que si habían reconstruido todo el museo sólo para la película o qué. Me contestó orgullosamente (se ve que le había gustado la pregunta, como si hubiera estado esperando a que algún día alguien se la hiciera) que todo había sido cambiado de sitio y algunas cosas renovadas para la segunda parte de la película, en la que todo aparecería tal y como yo lo vi. Me dijo que debía estar a punto de salir, que ya estaba grabada. Por lo visto la segunda parte está centrada en el Smithsonian aunque también vuelve a aparecer el de Historia Natural un poco, con Rooselvelt y compañía ("Night at the Museum 2").


A eso de las 16.00 salimos del museo dispuestos a armarnos de valor y esperar a que pasara un autobús rojo que nos llevase de vuelta al centro. Preferimos cruzar Central Park a lo ancho y esperar al autobús en la parada del otro lado, lo que nos permitiría volver a disfrutar del magnífico paisaje del parque. Tiramos por otro camino para poder ver cosas distintas, y así fue como dimos con la pista de patinaje de hielo y con el Gapstow Bridge de fondo. Me encanta ese puente de piedra. No sé por qué, pero cada vez que lo veo se me viene a la cabeza George Bailey y su "Qué bello es vivir".


Media hora después de esperar al autobús, nos subimos con los pies reventados (los museos es lo malo que tienen, como ya pude comprobar en el Louvre a principios del 2008 en mi viaje a París) y a eso de las 21.00, tras algunas compras, estábamos de vuelta al hotel dispuestos a cenar y a descansar para el día siguiente (por cierto, a Fernando le va a encantar).

20 enero 2009

New York - 5 - Día 4 - La Estatua.

Este día pudimos dormir algo más porque el primer autobús de la desastrosa línea roja no salía hasta las 8.30 (suponiendo que fueran puntuales, cosa que ya habíamos comprobado más que de sobras que no lo eran para nada). Por fin vimos algo que no habíamos visto desde que llegamos a New York: ¡el Sol! ¡Qué día tan distinto del anterior! Iba apareciendo tímidamente por la mañana, ocultándose a veces entre las nubes, pero para cuando llegamos al Battery Park lucía espléndidamente en el horizonte. Eso no quitaba el frío de cojones que hacía aquella mañana pero al menos daba un poco el pego y a veces incluso teníamos la sensación (ficticia) de que calentaba.


Antes de coger el Ferry rumbo a la estatua en Battery Park estuvimos jugando con algunas ardillas (¡geniales! las había por todos los parques) y maravillándonos con la lejana visión de lo que pronto tendríamos justo encima de nuestras cabezas: La Estatua de la Libertad.


¿Os acordáis del guarda forestal del oso Yogui? ¡Pues estaba allí, vivito y coleando, en el recinto donde se sacaban los tickets del Ferry! ¡Clavado! El mismo traje, el mismo gorro, el mismo perfil... ¡era él! Después de sacar los tickets tuvimos que pasar por otro jodido y engorroso chequeo de seguridad, casi tan duro éste como el de los aeropuertos. Tanto fue así que a un chico que iba delante de mí le dio por tomar una foto de su novia pasando por el detector de metales (anda que también las ocurrencias...) y al instante tenía encima suya una mujer policía con cara de pocos amigos obligándole a borrar la foto, y para colmo le tuvo que enseñar tooooooooodas las que tenía hechas (entre ellas muchas muy íntimas, pero sin llegar a XXX), por si acaso había sacado alguna más de aquella sala.

Tras esos "pequeños" inconvenientes 'tipical USA' subimos al Ferry y nos apretamos bien los abrigos, bufandas, gorros, guantes y demás, porque pensábamos ir en la parte de arriba, al aire libre. Nos sentamos en unos bancos fríos como el hielo esperando temerosos a que aquel cacharro se pusiera en marcha. Temor que se vio más que justificado en cuanto el Ferry se puso en movimiento, costando incluso respirar del gélido frío que hacía. Las fotos que podéis ver por aquí que están tomadas desde el Ferry fueron sacadas a costa de helarme la mano hasta el punto de dolerme de frío, y eso que no me quitaba los guantes más de cinco ó seis segundos... los justos para tomar la foto rápidamente y devolvérlas al bolsillo del abrigo. Pero el paisaje lo merecía.

Lo siento pero tenía que poner esta foto. Me encanta esa pose tan
sencilla, tan "humilde" y con esa carita tan preciosa... un monumento
frente a otro, a cual más bello.
Cuanto más nos acercábamos a La Estatua, mayor era de nuevo la sensación de irrealidad... no me podía creer que estuviera allí en aquellos momentos. Bajamos del barco sobre un muelle típico de las películas románticas, con sus gaviotas posadas en lo alto de los troncos de apoyo y un espectacular paisaje de fondo. De nuevo Hollywood volvió a mi cabeza.


Hicimos unas cuantas fotos desde allí abajo, junto a los miradores, con la bandera de los EEUU bien visible y con La Estatua dándonos la espalda. Luego por fin accedimos al lugar desde el que se empieza a subir. Por desgracia, desde el 11S tan sólo se puede subir al pedestal como máximo, justo bajo los pies de La Estatua. Pero bueno, mejor eso que nada, ¿no? Así que nos metimos en una larga cola con serpentinas plagadas de gente y esperamos pacientemente a que llegara nuestro turno. Pronto supimos a qué se debía esa cola tan grande: pues sí, a otro jodido y engorroso "control de seguridad". Para lo que viene justo después conviene que os describa exactamente cómo era el lugar :
Imaginad una nave de unos 100m. cuadrados con una sola puerta de entrada desde el exterior en una esquina. Al entrar por esa puerta, si mirabas justo hacia la derecha veías una pequeña rampa y al final la puerta de entrada al control de seguridad. Pero claro, esa "vía rápida" estaba reservada para los seguratas y los enchufaos, así que no había más huevos que chuparse la gigantesca cola en forma de serpiente que iba desde la parte derecha de la puerta del control hasta la puerta externa. Junto a la puerta del control había un enorme ventanal del techo al suelo que hacía las veces de pared (era una ventana de ésas de las que los que están detro pueden verte pero tú a ellos no) y pegado a ella y justo antes de la puerta del control, un enorme segurata negro con cara de Eddie Murphy. Además tenía su misma gracia (o sea, más bien poca y a ratos) y no paraba de hacer chistes entre la gente. A todo el que le tocaba el turno de entrar le preguntaba de qué equipo era, y dijeras lo que dijera te diría: "Then go out!! You can't enter here!", y lo mismo si te preguntaba que de dónde eras... También hacía chistes de vez en cuando pidiendo a alguien aleatorio de la cola que le dijera un número del 1 al 20. Hacía como que apuntaba un número en un papel y nadie acertaba nunca. Otras veces bromeaba con dejar pasar primero a quien más le "sobornase", en una especie de subasta.

Después de casi cuarenta minutos de espera y cuando ya tan sólo quedaban unas cinco personas delante de nosotros, comenzamos a oir voces detrás del cristal, dentro del control. Al oír el ruido el negro gracioso se echó las manos al bolsillo y entró corriendo, junto con otro segurata que llegaba corriendo por la rampa, cerrando la puerta tras de sí. Nadie sabía qué pasaba allí dentro. De pronto las voces se convirtieron en gritos, ahogados por las paredes. En esto salió el segurata chismoso y volvió a cerrar la puerta detrás suya. El muy cabrón, lejos de dar explicaciones continuó con sus chistes. Seguían oyéndose voces y en un momento dado un golpe muy muy fuerte. Salió otro segurata de dentro quitándose la gorra y limpiándose el sudor de la frente con su brazo izquierdo. Volvió a cerrar la puerta y con una cinta de ésas policiales comenzó a hacer una especie de pasarela por la rampa, apartando a la gente que había cerca. Fue entonces cuando el Eddie Murphy recibió una llamada por el walkie-talkie y nos informó a todos que había un "little problem" en el punto de control y que iban a tardar unos treinta minutos en reanudar las visitas, que quien quisiera irse se podía ir tranquilo del sitio. Nosotros, por supuesto, decidimos quedarnos (quién sabe la próxima oportunidad que iba yo a tener de volver a ese sitio), y del resto se quedó algo más de la mitad. Pasados unos minutos oímos un helicóptero acercándose demasiado al sitio en el que nos encontrábamos; indudablemente estaba aterrizando allí al lado. De repente vemos entrar en el recinto a cuatro "SWAT" (realmente no sé si eran SWAT o algún otro tipo de policía, pero iban vestidos de negro, con máscaras y unas metralletas como las que salen en las películas) que suben corriendo por la rampa y entran en el punto de control con un sonoro portazo. Un rato después salen del control varias personas y se dirigen corriendo a la puerta de entrada. Entendimos (sí, "entendimos", porque allí nadie explicaba nada... había un secretismo espantoso) que era la gente que se había quedado "atrancada" en el punto de control cuando pasó "el incidente". Volvemos a escuchar más gritos y más golpes y después de unos minutos de silencio, tan sólo rotos por el más que pesado Eddie Murphy que seguía a lo suyo restando importancia al asunto y bromeando con la gente, vemos aparecer por la puerta de control a uno de los SWAT y tras él a un negro enorme de más de dos metros y de cuerpo bastante ancho sin llegar a muy gordo. Me recordó muchísimo al prisionero negro de "La milla verde". Llevaba las manos pegadas a la cintura, ocultas bajo una cazadora, pero estoy convencido de que iba esposado. Detrás de él se encontraba el resto de los SWAT, que lo acompañaron a la salida. Luego oímos el helicóptero despegando, momento en el que todo volvió a la "normalidad". Nadie hizo ningún comentario al respecto, nadie informó de nada, y lo que es peor, nadie se atrevió a preguntar. Todo aquello dio la impresión de que nunca había pasado... el negro siguió con sus chistes (de hecho nunca había parado) y los policías del control seguían con su rutina como si nada, sin dar siquiera muestras de que allí hubiera habido un problema de algún tipo. Es increíble cómo son los americanos para estas cosas, la de secretos que tendrán allí guardados sin mostrar al mundo...

Total, pasamos por el punto de control que no era tan restrictivo como nos temíamos (curioso uno de los sistemas, basados en tres chorros de aire comprimido seguidos por todo el cuerpo, ¿alguien sabe para qué?) y subimos por fin al pedestal. En el interior de la estatua hay un museo sobre ella, con la antorcha original (yo no sabía que la que hay ahora puesta se cambió en el 83 u 84), con todo lo que fue su construcción y todos los proyectos que se presentaron (algunos curiosísimos). Impresionante como no podía ser de otra forma el estar allí dentro y ver la estatua desde abajo, desde tan cerca. Como siempre, os puedo asegurar que las fotos no muestran ni un 0.1% de lo espectacular que es aquello visto en persona. Es algo tan inmenso, tan descomunal y es un símbolo que representa tanto, que se le saltaban a uno las lágrimas de la emoción (el viento helado ayudaba a disimularlas).


Desde allí, tras mil fotos desde todos los ángulos, nos dirigimos a Ellis Island, una isla con una historia muy triste. Es un lugar que no me gustó nada en absoluto... de hecho ni lo visité al completo; entré, vi unas cuantas cosas que me demostraron que aquello no era para mí y me fui a comer, esperando a que llegara el Ferry de vuelta.

Estaba ya anocheciendo (las 16.30 de la tarde) cuando volvimos a Battery Park. A esas alturas era evidente que cruzaríamos el puente de Brooklyn de noche. Aunque parezca mentira, nos costó encontrar el principio del puente; incluso tuvimos que preguntarle a varias personas cómo se subía allí arriba. Desde allí, y a pesar del molesto "carril bici" (algunos no tenían nada que envidiar a Indurain y pasaban por allí a toda pastilla), todo adquiría una nueva dimensión. Desde la mitad del puente, La Ciudad, la New York que todos conocemos, se apreciaba en todo su esplendor. Todos los gigantescos edificios iluminados, el río produciendo los intermitentes reflejos de esas luces, y al lado, otro de los puentes con idéntica y magnífica iluminación. Fue para mí un paisaje muy poético, muy evocador de sentimientos y emociones. Hicimos todo el camino del puente a pie hasta Brooklyn.

Cuando llegamos a Brooklyn, después de pararnos montones de veces en el puente a admirar el paisaje que dejábamos detrás, comenzamos a buscar el banco de la portada de Manhattan de Woody Allen. Era ya noche cerrada y de pronto a los cuatro nos pareció que aquella zona no era muy segura; las calles aparecían desiertas y sin embargo nos sentíamos observados. Sin saber muy bien a dónde dirigir nuestros pasos, caminamos rumbo al muelle que había bajo el puente. Ni siquiera sabíamos qué calle teníamos que coger para llegar allí, estábamos un poco perdidos. No llevábamos ni quince minutos caminando cuando nuestras sospechas de ojos puestos sobre nosotros se hizo patente. Un negro de esos tipo rapero con gorra y cadenones nos venía siguiendo hacía un rato. Hablaba solo. Unos pasos después de darnos cuenta, y caminando cada vez más deprisa, nos encontramos de frente con otro semejante al negro autista. Continuamos a ritmo acelerado, nos damos la vuelta y vemos que se saludan tipo NBA y se intercambian "bolsitas". Luego el autista sigue caminando hacia nosotros, sin dejar de hablar para él mismo en voz baja (ignoro lo que decía... no estaban mis neuronas en esos momentos como para intentar traducir lo que un zumbao se estaba diciendo a sí mismo, y menos en ese americano superlativo y corredizo). Llegamos a una zona que parecía un polígono industrial, muy cerca ya del río, todo superoscuro y solitario (no se veía ni un alma aparte de nosotros y del autista), los cuatro con el corazón ya a un ritmo de trote. Giramos en la primera esquina que vimos a ver si lo conseguíamos despistar, pero cuando ya creíamos que estábamos asustados por nada lo oímos al fondo de la negra calle (¡¿pero qué coño estaría diciendo?!). Venía hacia nosotros... casi echamos a correr... (todo aquello me recordó a la película "M, el vampiro de Dusseldorf", protagonizada por Peter Lorre, cuya melodía silbada siempre anunciaba el próximo crimen que iba a cometer). Volvimos a doblar otra esquina y por fin vemos gente. Aunque vaya gente... Ocultos entre las sombras de las farolas, pegados a las rejas de las naves, de cara al río, un Hummer y un Mercedes, con gente trapicheando. Parecían gente de billetes y todos enmudecieron de repente al vernos llegar. Ni que decir tiene que estábamos acojonados. Continuamos caminando a un rápido ritmo, con las cabezas agachadas, mirando al suelo, hasta que llegamos a un restaurante que había bajo el puente. Ya bajo las luces del restaurante y cerca de gente "normal" con sus cámaras de fotos y trípodes nos relajamos un poco y continuamos buscando el dichoso banco. No hubo forma de encontrarlo. A la izquierda del restaurante había un muelle en el que mucha gente estaba tomando fotos de Manhattan y del puente, pero no había ningún banco y además aquello daba a la parte izquierda del puente, mientras que el banco de Woody daba a la parte derecha. Sin duda el banco quedaba al otro lado del restaurante, pero auquella zona estaba sin luz, no había un acceso visible y para colmo significaba quedar delante de los trapicheos de aquella gente. Así que pasamos del banco y nos conformamos con las vistas desde el muelle de la izquierda, que no tenían nada que envidiarles a las del otro lado. Personalmente me vi en una especie de deuda con mi adorado Woody Allen y mi querida Manhattan, por lo que pensé en volver en otro momento a plena luz del día yo solo a buscar el banquito. Aún sigue esa deuda, porque no volví.

Para la vuelta, después de pasarnos un buen rato discutiendo de qué modo volver (yo estaba dispuesto a pagar lo que hiciera falta y subirnos a un taxi antes que volver a pasar por donde aquella gentuza) apareció ante nosotros un taxi salvador y de pronto los que querían volver a cruzar el puente a pie cambiaron de idea.

Era ya tarde cuando llegamos, así que cenamos algo rápido y al colchón. La jornada siguiente nos iba a deparar una mañana en el parque y una tarde en el museo (¡aún quedaba mucho por ver!).

08 enero 2009

New York - 4 - Día 3 - Singin' in the rain

Salimos temprano ese día en un autobús de dos plantas que nos llevaría hasta el "Downtown". Era un autobús típico de turistas y a pesar de la fina lluvia que estaba cayendo, un guía nos iba informando de la historia de los sitios por los que pasábamos. Teníamos tickets para ese autobús disponibles durante tres días. Por cierto, consejo para alguien que vaya a New York y quiera alquilar uno de éstos: No cojáis los de la línea roja, coged de los azules que se ven por toda la ciudad a todas horas. Los rojos son un timo, pasan poquísimos y cuando les da la gana. Como habréis podido imaginar nosotros cogimos rojos.

El famoso edificio "Flatiron", visto desde el autobús.

Era curioso ver el interior de algunos edificios desde la segunda planta del autobús (ni que decir tiene que yo iba en la segunda planta aunque estuviera lloviendo), se veían las oficinas tipo películas de Hollywood con sus paneles separadores a media altura, sus típicos ordenadores y sus trabajadores deambulando por los estrechos pasillos. Me recordaba mucho a las películas de policía o a cualquiera basada en el mundillo de la prensa.

Cuando íbamos 5ª Av. hacia abajo, a media altura, comenzó a llover más fuerte y eso unido al intenso frío y al molesto viento que soplaba de frente, hacía inservible el cutre y fino chubasquero que daban los del autobús a los que subían arriba. Pasados unos minutos, congelado y empapado, se me hizo imposible incluso alzar la cabeza, así que decidí bajar a la planta baja con el resto de mis compañeros de viaje. Como podéis suponer, en una ciudad como New York, ir en la planta baja de un autobús es lo mismo que ir con los ojos tapados. No se veía nada.

Tras casi una hora de trayecto llegamos por fin a Chinatown. Por fin Paco y Carmen iban a comprar algo (a partir de aquí quedó patente que sólo fueron a New York para comprar). Nos bajamos en una solitaria calle y comenzamos a buscar el famoso "mercadillo" de los chinos. Me llamó la atención un callejón típico de películas de policías, oscuro y con las clásicas escaleras de incendios.


Andando con paraguas bajo una fina capa de lluvia dimos con el mercadillo, una larga calle atestada de multitud de artículos expuestos bajo toldos estrechos y agolpados uno tras otro, resultando complicado incluso averiguar a qué puesto correspondía cada artículo. Paco y Carmen iban preparados para la guerra, conocían bien el terreno (aunque no tanto como ellos esperaban) y llevaban un buen catálogo de fotos de los productos de marca que andaban buscando. En el segundo puesto al que entraron, en cuanto vieron las fotos les dijeron que tenían que ir al puesto seis, hasta el fondo y que les dijeran que los mandaban del segundo. Aquello empezaba a parecer una película de espías. Llegamos al puesto en cuestión y tras decirles lo que nos habían dicho en el segundo, un chinorri con la misma cara de chino que cualquiera de ellos, se puso a mirar girando la cabeza hacia un lado y otro de la calle, con los ojos abiertos como platos (todo lo abiertos que un chino los puede tener) y en un segundo abrió una compuerta secreta que había en la pared, camuflada entre bolsos y por la propia decoración de la tienda, y metió allí dentro a Paco y Carmen. Francis y yo preferimos mantenernos al margen de todo eso y decidimos esperarlos afuera. Aquéllo era de locos... ¿Cómo se les ocurría meterse en aquel zulo con esa gente? Lo pienso ahora y me parece mentira... ¡tenían un compartimento secreto dentro de la tienda! Una hora y media después salieron cargados con unas enormes bolsas negras llenas de bolsos, relojes y monederos de marca. ¡Pero aún no tenían bastante! Querían entrar en más zulos y me preguntaron si no me importaba quedarme al cuidado de sus bolsas, a lo que rápidamente contesté que NI DE COÑA, y mucho menos teniendo en cuenta mis "antecedentes penales" en aquel país. Francis también se negó rotundamente a mezclarse en aquellos turbios asuntos.

Una hora después por fin habían decidido que tenían suficiente y comenzamos a salir del barrio chino rumbo a Wall Street. Parados en un semáforo, aún en la conflictiva calle, se nos acercó una china anunciando en voz baja: "Rolex, Gucci, Armani...". A lo que Paco preguntó, también en voz baja: "¿Tous, Dior, Versace...?", mostrándole el catálogo de fotos que tenía. La china respondió con un "Follow me", al que Paco y Carmen no pudieron resistirse. Comenzaba aquí otro trozo de película de polis: La china caminando deprisa unos tres metros por delante de Paco y Carmen, y Francis y yo a unos tres metros por detrás de ellos, para no llamar la atención y mantenernos todo lo al margen posible de aquel nuevo lío. La china lianta nos empezó a meter por callejones traseros, por sitios con poca gente y con poca luz, hasta que llegamos a un 4x4, donde esperaba otro chino con un móvil. Paco y Carmen cruzaron la calle y fueron solos al encuentro del hombre del coche, mientras Francis y yo esperábamos en la acera de enfrente, dispuestos a echar a correr a la más mínima de cambio. Y casi tuvimos que hacerlo... ¡Por lo visto querían meter en el coche a Paco y Carmen! Querían llevarlos a un edificio en el que decían que tenían todo el material que ellos pedían. Menos mal que Paco conoció sus límites en el ansia de comprar y se negaron a meterse en el coche. No puedo decir que salimos corriendo de allí, porque no era correr lo que hacíamos, pero sí comenzamos a andar deprisa y más aún viendo el mosqueo del chino que comenzó a gritar algo a su móvil... Pufff de película...



De camino a los restos del WTC pasamos por la tienda de discos J&R, donde compré el encargo de Pepe (una rareza de Mike Oldfield). No había dejado de llover en toda la mañana, aunque por suerte de momento no era muy fuerte. Es por eso que de toda esta zona tengo pocas fotos (tampoco es que hubiera demasiado a lo que fotografiar). Sobre los restos del WTC comentar que la construcción de las nuevas torres va bastante avanzada. Ya están casi una planta por encima del suelo, aún terminando los gigantescos cimientos. Daba un poco de pánico estar allí en el mismo sitio donde no hace mucho sucedió ese acto inmundo. Me estremecía sólo al pensar lo que sería estar allí debajo el día del 11S. ¡Qué miedo! Luego pasamos, con el corazón encogido, por el homenaje a los bomberos caídos, donde la gente suele dejar enormes ramos de flores.


Las obras de la "Zona Cero".

Lo siguiente en nuestra ruta era Wall Street. Para cuando llegamos al edificio de la Bolsa estaba lloviendo bastante, pero aún así pude sacar algunas fotos de aquel emblemático edificio con esa bandera americana dibujada de luces entre sus columnas. Luego, calados hasta los huesos, llegamos frente al toro de Wall Street, donde nos sacamos las fotos de rigor. Eran las 15.00 así que ya era hora de comer algo. Cuál fue nuestra sorpresa que nos encontramos casi todos los establecimientos del lugar cerrados a esa hora. Era un día laborable y por lo visto allí terminan su jornada a eso de las 14.00 y toda aquella parte de New York se considera "muerta", así que todos cierran a esa hora. Por suerte para nosotros encontramos dos establecimientos abiertos y Francis y yo comimos en uno (comimos con un poco de presión ya que estaban limpiando para cerrar cuando entramos, aunque nadie nos dijo nada), y Paco y Carmen en otro.

Aquí va otra desastrosa y congelada foto mía, pa que luego digan...

Continuamos deambulando por las callejuelas del Downtown hasta que, ya de noche, y ante el diluvio que estaba cayendo en esos momentos, decidimos tomar el autobús de vuelta al centro. Fuimos a la parada del Battery Park (por más que lo intenté no logré ver la famosa estatua debido a la niebla) y esperamos y esperamos y esperamos... Unos treinta minutos después de estar allí muertos de frío y empapados hasta los huevos (a pesar de que llevábamos paraguas), se nos acerca una familia guiri y nos pregunta que si aquélla era la parada del autobús de la línea roja. Les comentamos que se armen de paciencia si piensan esperar y se asustan al ver el tiempo que llevábamos esperando. Y lo que aún quedaba... Desesperados tras una hora y media de espera a la intemperie, maldiciendo la línea roja, sin ningún sitio que sirviera de refugio, sin un banco siquiera donde sentarse, sin querer cruzar la calle para resguardarnos en un edificio por temor a que pase el autobús y lo perdamos, por fin decidimos preguntar a un taxi cuánto nos cobraría por llevarnos al centro (temíamos que fuera algo carísimo). 15$ aproximadamente, nos dijo el taxista, así que nos despedimos de la familia guiri deseándoles suerte y nos subimos al taxi rápidamente.

Como habíamos perdido mucho tiempo, acordamos que el taxista nos dejara frente a la Grand Central Station, donde nos habían comentado que cada media hora daban un espectáculo de luces por la Navidad. Al llegar a la estación el taxímetro marcaba 18$, pero como el taxista se comprometió en 15, nos lo quería dejar a ese precio (¡pero qué buena gente son estos neoyorquinos!). Nos encantó tanto el gesto que decidimos darle 20$.

La Central Station es otro de esos edificios que has visto mil veces en películas pero que cuando la ves en persona te impresiona muchísimo. Es una estación enorme y lujosa y al entrar había un árbol de Navidad hecho de pantallas planas. Fuimos a una de las plataformas laterales y esperamos a que empezara el espectáculo. Resultó ser una cosa modestilla pero impresionante: un proyector iba lanzando imágenes por las columnas de la estación y por el techo, simulando incluso la caída de la nieve, todo al ritmo de la música navideña que sonaba por los altavoces de la estación. Como todo en esta ciudad, a lo grande. Duró diez minutos.

De allí volvimos a pasar por Times Square, de camino al B&H de nuevo a mirar unas cosillas, luego pasé por una librería Borders (donde compré la postal de Sagu) y ya a cenar y de vuelta al hotel.

Al día siguiente nos esperaba "la dama de New York".

25 diciembre 2008

New York - 3 - Día 2 - La noche del fantasma.

En cuanto me levanté aquel día puse el Weather Channel (cosa que haría siempre desde entonces) y anunciaban frío y lluvia para tres días. Así que me puse el polar, el abrigo, la bufanda, los guantes y el gorro y, asfixiado, decidí salir cuanto antes a la calle.


Por suerte no llovía casi nada, tan sólo llovizna muy fina y ligera (al día siguiente acabaríamos casi ahogados cantando el "Singin' in the rain" más que el "New York, New York"). Nos reunimos como siempre los cuatro unos minutos antes de salir del hotel y realizamos el plan del día, poco ambicioso esta vez: el Empire State, el Rockefeller Center de día, el B&H (mi cámara de fotos nueva), sacar entradas para el teatro, ver la obra y pasarnos por el Rockefeller Center a la vuelta para verlo de noche.

Desayunamos en un Europa Cafe (un buen descubrimiento aunque el resto de días lo fuimos alternando con algún "deli" y con el sabiamente aconsejado "The bread factory") y caminamos para el Empire State, muy cerca todo de nuestro hotel.


La entrada del hotel estaba tal y como la imaginaba, todo muy lujoso, con porteros y aparcacoches y con un mostrador al fondo (muy al fondo). Esta vez el control americano de rigor no fue excesivo y tan sólo miraron que no lleváramos comida. Habíamos llegado muy temprano, así que no tuvimos que esperar ninguna cola. Me habían advertido antes de ese detalle, de colas de hasta dos horas. Por suerte las serpientes de hierro aparecieron desiertas para nosotros y en pocos segundos nos encontramos en el ascensor.


Maravillado quedé al ver la alta numeración de los botones de planta. ¡80! Aunque luego habría un trasbordo de ascensor que nos llevaría hasta la planta 86. Impresionante la rapidez con la que subió tantísimas plantas, y ni tan siquiera noté el típico entaponamiento de oídos que sí sintieron mis compañeros de viaje cercanos a la última planta.


Las vistas desde allí arriba... pufffff no se puede describir con palabras... ¡Estaba en la cima del edificio de mis sueños! Veíamos todos los tejados como nos los pintan en las películas en las escenas de helicóptero, con sus chimeneas y sus ventiladores, con esos letreros gigantes... Quedé muy impresionado por esas vistas, era como si estuviera sobrevolando Manhattan (cosa que literalmente pensábamos hacer, subidos a un helicóptero pero que al final no dio tiempo). Muy a lo lejos, como de juguete, quedaban las cuadriculadas calles y avenidas y los coches, resaltando, como no podía ser de otra forma, los clásicos taxis amarillos. Especialmente destacable me resultaron los puentes que bordean la isla y el edificio Chrysler, emblema también de la ciudad. Aunque hacía bastante fresco me pasé un buen rato apoyado en uno de los barrotes mirando al horizonte; me podría pasar la vida entera allí simplemente mirando. Por desgracia aquel día estaba nublado y había una niebla bastante espesa que nos impedía ver más allá de algunos kilómetros por el lado de Central Park, así que me propuse volver en cuanto hiciera mejor tiempo (cosa que tampoco haría, ya que subí días más tarde al Top of the Rock y me conformé con eso).


Cuando bajamos de las nubes nos dirigimos de nuevo a Times Square para sacar la entrada de "El fantasma de la ópera", la obra que teníamos pensado ver esa noche. Times Square de día no desmerece en nada a la noche: los pantallones gigantes seguían viéndose a la perfección con una resolución espectacular y todo me resultaba tan impresionante como la noche anterior. La maraña de gente parecía haber crecido un poco y entre los desconocidos se podía apreciar de todo: raperos con sus gorras y collares de oro, rastas, negros bien vestidos, gente aparentemente normal, chinos, indios, ingleses, alemanes, españoles por un tubo, sudamericanos (sobretodo mejicanos), chicos cantando, personas que parecen sacadas de un western con sus clásicos gorros arqueados, rabinos con sus barbas y sus típicos gorritos, zumbados bailando en mitad de la calle y a plena luz, un tío golpeando las farolas y hablándoles imitando a Travis ante el espejo en Taxi Driver... y lo más asombroso de todo es que todos pasan de todo; allí va cada uno a su rollo y nadie parece fijarse en quién tienen a su lado. En Málaga se pone uno a hablarle a una farola y me juego el cuello a que en menos de cinco minutos tiene a un corrillo de gente alrededor suya mirando como pasmarotes, como si de un espectáculo de circo se tratara.


Llegamos por fin al teatro y sacamos la entrada, la más cara a propuesta mía. O pagábamos 70$ y nos sentábamos en el gallinero (a años luz del escenario) o pagábamos 120$ y nos poníamos en la quinta o sexta fila. Yo lo tenía muy claro desde el principio. No sé cuándo volveré por allí así que no me iba a importar pagar los 120$ para ver el espectáculo como realmente se merece. El resto no lo tenía tan claro así que estuvimos un ratillo discutiendo. Aunque ellos decidieran coger el de menor precio yo me habría sentado solo en los asientos más caros, lo tenía clarísimo. Al final, gracias a Francis que apoyaba mi idea (para él ésta era su tercera vez con El fantasma de la ópera), todos cogimos los asientos más cercanos.


Desde allí nos fuimos al Rockefeller Center, parándonos en casi todos los escaparates de las tiendas, maravillosamente decorados para estas fechas navideñas. Aquí en España no ponen tanto esmero en decorar los escaparates. Pasado el Radio City Music Hall por fin pudimos ver ese árbol inmenso y espectacular, con la famosa estrella de cristales Swarovski. Y tras el árbol, la inmensa pista de hielo con multitud de personas patinando. Era un escenario precioso, con la música de Navidad sonando de fondo y luces brillando por todos lados. Fue un momento mágico para mí, de nuevo como si fuera el protagonista de alguna película. No pude evitar pensar en lo aún más maravilloso y mágico que habría sido aquel escenario de haber estado allí con pareja. Pero bueno, un motivo más para volver si es que algún día me echo novia (y sino, pues nada, a volver solo que también se disfruta :D).

Con un tonta sonrisa dibujada en el rostro salimos de aquel lugar camino de la tienda de electrónica B&H (mi perdición). Tras un buen rato andando disfrutando del paisaje neoyorquino, llegamos por fin la enorme tienda. Todo en New York (imagino que en toda América) es a lo bestia y lo del B&H no era menos... Entras y pareces estar en la casa de Santa Claus y todos los rabinos que se ven por allí parecen los duendecillos que se dedican a fabricar los juguetes. Es la impresión que me llevé viendo las compras por encima de las cabezas, deambulando por espectaculares raíles en cajitas de colores. Impresionante. Pedías algo y te lo mandaban desde el almacén hasta el mostrador por esos raíles como si fueran vagones de carga de un tren. Allí te dejaban trastearlo, manosearlo y revisarlo concienzudamente si hacía falta; luego lo volvían a poner en la cesta y lo enviaban por los raíles hasta la caja, donde esperaría a que fueras a pagarlo. Yo sabía el modelo exacto de lo que quería comprar y aún así me pasé más de una hora fisgoneando por la tienda. Está allí todo tan a la mano, tan para trastear, que daban ganas de pasarse el resto del día en la tienda probando cosas. Ya antes de ir estuve dándole mil vueltas al tarro sobre qué cámara me iba a comprar, si una SLR o una compacta, y al final me decidí por esta última, con el pensamiento de que a mediados o finales este año 2009 me compraré una SLR. Me encanta la fotografía y sé de las limitaciones de las compactas, pero el bolsillo mandó esta vez y además también me gustan las cámaras extraplanas que se pueden llevar a todos lados sin problemas y para fotos rápidas. Ésta fue la que me compré: SONY Cybershot T700, ultraplana, 10mp, 4gb de memoria interna y de pantalla gigante y táctil. El resto de fotos de aquí en adelante fueron sacadas con ella. No me convencen mucho sus fotos nocturnas, pero bueno, como ya he dicho, tarde o temprano me quiero pillar una SLR para sacar el máximo partido a las fotos de calidad.

Comimos, hicimos algunas compras y decidimos volver al hotel para arreglarnos un poco antes de ir al teatro (teníamos la función de las 20.00). De camino al hotel pasamos por el Madison Square Garden, donde me llamó mucho la atención el tema de los reventas. Mientras estábamos parados esperando a que cambiara el semáforo se nos acercó un negro mirando al suelo y diciendo en voz muy baja: "Tickets, tickets...".

Nos cambiamos en el hotel, dejé cargando la cámara nueva y salimos rumbo al teatro. Era un miércoles y aquello estaba tan lleno como si fuera un fin de semana. Es increíble que día tras día esté esa obra de ese modo y que día tras día se represente con igual énfasis y profesionalidad. El teatro en sí me pareció más pequeño de lo que me imaginaba, aunque la decoración era magnífica, como de los años 50.


En cuanto se abrió el telón supe que me encontraba ante algo muy distinto a lo que estaba acostumbrado, una representación de teatro a lo Hollywood, con unos efectos y una puesta en escena deliciosamente espectacular. Una intrigante y oscura subasta daba paso a la famosa historia del Fantasma de la ópera, contada y cantada en un inglés tan perfectamente vocalizado que se entendía casi al 100%. Tan sólo me perdí en las ocasiones en las que hablaban o cantaban muchos personajes a la vez distintas cosas. El resto lo disfruté en todo su esplendor. Destacaría en especial un efecto que me encantó, que es cuando los actores simulan un público del teatro por detrás del escenario. Es genial la profundidad de campo que te hacen sentir, como si realmente hubiera más butacas tras el escenario. Teatro dentro del teatro... impresionante. También me quedé pasmado en las escenas de la barca con esa niebla tan bien conseguida y en la escena en la que cae la lámpara sobre el público... espectacular. Ni que decir tiene que salí flipando del teatro. Qué lejos están estas representaciones del teatro que se hace en España... A años luz... Como siempre.


Salimos tarde del teatro, sobre las 0.00, y como el Rockefeller Center no nos pillaba demasiado lejos fuimos a ver el árbol encendido. Volvimos a disfrutar todo aquello como si no lo hubiéramos visto antes (allí hay que verlo todo dos veces, una de día y otra de noche). Fantástica la imagen de la iglesia mezclada con el humo que salía de una alcantarilla cercana; le daba un aspecto fantasmagórico.

(Aprovecho que en esta foto salgo borroso, lejano y a oscuras para poner una
en la que salgo yo, no sé si pondré más mías, no me gusta cómo salgo)

Luego buscamos algo de cenar (para fue esta vez un Wendys) y volvimos al hotel para descansar tras otro día cargado de emociones (¡y la cantidad de sitios que aún nos quedaba por ver! ¡I love New York!).

22 diciembre 2008

New York - 2 - Llegada : Mirando al cielo.

Entre el taxi y el interrogatorio habíamos perdido nuestras tres primeras horas en suelo neoyorquino así que nuestro paso por el hotel fue meramente anecdótico: soltar las maletas y listos. Aún así nos dio tiempo suficiente para descubrir el buen sitio en el que nos alojamos. Las habitaciones muy limpias y ordenadas y un saloncito muy entrañable a la entrada con máquina de café y té gratis y un cuenco que siempre estaba lleno de chocolatinas. Lo acabamos utilizando como nuestro cuartel general antes de salir y como sitio de charla y reunión mientras nos tomamos un buen té calentito antes de acostarnos. El hotel fue el Herald Square, muy muy cerca del Empire State. Recomendable 100%.


Eran las 20.30, noche cerrada y cielo nublado, con un frío del carajo (unos 2º). Nuestra idea inicial era ir a cenar cerca del Rockefeller Center pasando por el Empire, la Biblioteca y Times Square, pero eso fue antes de que los polis de N.Y. nos robaran dos horas y media de nuestro tiempo, por lo que tuvimos que hacer un buen recorte para este primer día.

Salimos del hotel (foto típica de la entrada) y en cuanto doblamos la esquina y aparecimos por la 5ª Av., empezamos a sufrir la "tortícolis" que tanto nos acabaría gustando. Miramos hacia arriba y vimos el famoso Empire State. Impresionante. Además las nubes y su peculiar iluminación le conferían un aspecto un tanto fantasmal, como salido de alguna película. Todo en N.Y. me recordaba al cine. Todo el tiempo que estuve allí me sentí como protagonista de alguna película. Es una sensación inherente a la ciudad. Daban ganas de sacar fotos a todo lo que veía: el Empire, los taxis, las alcantarillas, las ambulancias, el Chrysler, incluso a la propia gente que pasaba por la calle. Pero me contuve; aún nos quedaban siete días por delante.


Volviendo al Empire State... Impresionante. Ah, ¿ya lo he dicho? Pues lo vuelvo a decir : IMPRESIONANTE. Vi King-Kong por primera vez de niño, con unos seis ó siete años y desde entonces jamás he olvidado aquella imagen del mono escalando aquel apoteósico edificio. Es para mí algo muy querido, como si de algún modo formase parte de mi vida. Me trae recuerdos de mi infancia, cuando me pasaba horas y horas delante de la tele viendo cine en blanco y negro. Me emocioné realmente al estar allí delante de aquel clásico de la arquitectura. Por mí me habría pasado toda la noche mirando y admirando la parte alta del edificio. Pero aún quedaba mucho por ver.


A regañadientes consiguieron arrancarme de mis ensoñaciones y continuamos 5ª Av. arriba hasta la Biblioteca. Otra maravilla arquitectónica (imponentes los famosos leones de la puerta) y otro emblema cinematográfico: Los cazafantasmas. Aunque estaba cerrada en aquel momento, me propuse entrar antes de acabar el viaje. Necesitaba ver esas escaleras tan famosas y esa inmensidad de salas de estudios. Me encantan las bibliotecas, tanto o más que los cementerios, otros de mis sitios predilectos.


Torcimos a la izquierda en la esquina de la biblioteca y muy a lo lejos pudimos adivinar un gigantesco cartel de luces rojas cambiantes: Times Square. Aprovecho que he soltado ese "muy a lo lejos" para comentar el tema de las distancias en New York. Aunque sobre los mapas y planos las calles parecen muy juntas y estrechas, lo cierto es que cruzar una manzana no es tarea de unos segundos, y algunas ni siquiera de algunos minutos, en especial si las cruzas a lo largo de alguna avenida... se te pueden hacer eternas. Nosotros cuatro, cazurrillos de pueblo, nos pateamos casi toda Manhattan sin coger ni un metro, tomando el autobús y el taxi tan sólo cuando era estrictamente necesario. Así acabaron los pies de esta gente, con unas ampollas del tamaño de una chapa. Por suerte para mí semanas antes del viaje estuve entrenando con JuanFran pegándonos largas caminatas por mi pueblo a sabiendas de lo que me iba a encontrar en la Gran Manzana y no tuve más que "simple" cansancio (en algunas ocasiones casi agotado por completo).

Tras un buen rato caminando y cruzando calles, disfrutando como un niño del paisaje nocturno (las alcantarillas!!!! sale humo por las alcantarillas!!!!) llegamos por fin a un sitio en el que no pude reprimirme un : ¡JOOOOOOOOOOOODER! Quedé absolutamente impresionado por aquellos enormes pantallones, por aquella exagerada sobrecarga de luz y color y por aquel inagotable reguero de gente. Indudablemente habíamos llegado a Times Square. Ya me lo habían dicho, lo había visto mil veces en películas y documentales de TV, lo había visto en mil fotos, pero estar allí en persona no tiene nada que ver, fue como si lo hubiera visto por primera vez en mi vida. Creo que ha sido lo que más me ha impactado de todo New York. Aquella primera visita a Times Square me dejó literalmente boquiabierto y atontado durante muchos minutos, dando vueltas sobre mí sin saber dónde centrar mi atención. Cuando por fin pude reaccionar intenté llevarme un pedacito de aquel lugar en fotos, pero era todo de proporciones tan gigantescas y desmesuradas que mi humilde cámara no daba abasto para enfocarlo todo. Al final me di por vencido y decidí absorber al máximo todo lo que me rodeaba para llevármelo en la mejor cámara de fotos del mundo: nuestro cerebro.

Era ya bastante tarde y aún no habíamos cenado (ni hambre que teníamos) por lo que decidimos posponer la visita al árbol de Navidad del Rockefeller Center para el día siguiente. Entramos en Planet Hollywood y cenamos esa primera noche a base de gigantescas hamburguesas rodeados, como no podía ser de otra forma, por el mundo del cine.

Luego, de vuelta al hotel, ebrios de luz y de rostros desconocidos, pasamos un rato de cháchara mientras tomamos nuestro té desteinado y a dormir. Eran las 0.00 del primer día en New York y andaba tan entusiasmado que no tuve ningún síntoma del jet lag. "Dios mío, ¡estoy en New York!".

20 diciembre 2008

New York - 1 - Llegada : Luz después del túnel.

Me acompañaron esta vez: Paco, Francis y Carmen.

Con una puntualidad extraordinaria partimos del aeropuerto de Málaga rumbo a la ciudad de los sueños con la compañía Delta Airlines (vuelo directo).

Pensaba que eso de 8 horas de avión se iba a hacer algo pesado, pero a mí al menos se me pasaron rápidamente entre comidas, películas, música, libros y que me duermo en los aviones con muchísima facilidad. Además, fue un vuelo sin demasiados sobresaltos, sólo algunas turbulencias y un aterrizaje un tanto extraño, con el avión tambaleándose de lado a lado de forma extraña.

Llegamos al JFK incluso antes de tiempo, nos dirigimos a las ventanillas de la aduana y vimos cómo miraban algunos pasaporte con lupa, sacaban fotos de la gente, los hacían sellar huellas dactilares y les preguntaban cosas tan absurdas como si entraban al país para poner bombas o para hacer actos delictivos. A tal efecto tuvimos que rellenar en el avión unos papeles que entregaríamos allí, con esas mismas preguntas y otras por el estilo. Tras un buen rato de espera y tras haber pasado mis tres compañeros sin ningún problema, llegó mi turno.

Pip! Sonó algo en el ordenador al introducir mi pasaporte.

- Come with me -me dijo un hombre negro con cara de pocos amigos.
- Why? -pregunté yo, a sabiendas de que ya me había tocado la china, para variar.
- Very similar names -al menos se dignó a responderme...

Me llevaron a un cuartucho en el que había un mostrador con cinco ó seis policías, dos cuartos más y tres filas de asientos "de espera" con tan sólo tres personas a parte de mí. Antes de entrar pude ver a mis tres compañeros de viaje que me miraban con caras raras, entre miedo y extrañeza. Al principio no estuve nervioso porque sabía que aquello era perfectamente posible y además tengo un amigo que ya había pasado por eso. Pero el tiempo pasaba y las otras personas que estaban allí sentadas iban saliendo poco a poco, hasta que quedé yo solo. En aquellos momentos se me pasó por la cabeza de todo, incluso que alguno de los que se habían ido se habían llevado mi pasaporte erróneamente o que algún policía lo había perdido entre sus millones de papeles.

Tras una hora de espera me llamó uno de los policías y me preguntó que si mi nombre era sólo Juan o algo más. Yo entonces pensé que el problema estaba en lo de mi nombre compuesto, que oficialmente no es Juan Manuel, sino Juan, pero que antes de saberlo yo ponía en todos lados Juan Manuel (esto es otra historia... mi padre, cuando yo nací, olvidó poner "Manuel" en la partida de nacimiento, por lo que mi nombre oficial es Juan y mi extraoficial Juan Manuel). En fin, un follón en el que no me tenía que haber metido, pero es que pensé que por ahí iban los tiros. El poli (blanco éste) se empezó a liar también y llamó a una chica policía mexicana (que estaba como un tren, todo hay que decirlo... una de las mil Jennifer Lopez que me encontraría por NY) para que hiciera de traductora para que no hubiera ningún lío. Le expliqué la situación a la chica en perfecto español y ella entonces dijo que eso no era problema, que si Juan era el oficial, eso era lo único que valía. Empezaron entonces a preguntarme otras cosas, como mi edad, altura, peso, color de pelo, color de ojos... y ahí sí me puse algo nervioso, porque ninguna de esas cosas las sabía con exactitud y pensé que me lo preguntaban para pillarme, como si hubiera hecho un documento falso o algo de eso. El policía, al ver que me ponía un poco nervioso al contestar, me dijo que me tranquilizara, que no tenía por qué ser exacto con las respuestas, que es que lo iban a mandar a Washington, para que desde allí aclararan quién era yo. Me comentó que mi nombre, además de ser muy similar al de otras personas, coincidía con el de algún delincuente. O_o

Mi nerviosismo por aquel entonces subió algunos grados hasta situarse en algo semejante al miedo, pero no era miedo porque yo tenía (y tengo) la conciencia muy tranquila porque no he hecho nada malo (aunque también era muy consciente de que los errores y los fallos burocráticos eran perfectamente posibles en este mundo de locos). Un rato después se vino el policía a donde yo estaba sentado y me preguntó si había más gente conmigo. Le dije que sí, que tenía tres amigos esperando y me dijo que iban a tardar entre una hora y media y dos horas hasta recibir el documento para poder entrar en New York, que si quería que él me acompañaba hasta ellos para decírselo y que se fueran o que se quedaran allí. Me empezó a caer bien este poli, porque además se esforzó en decírmelo en español y de forma muy educada. Estaba claro que él sabía que yo no era ningún delincuente y eso de algún modo me tranquilizaba, y además dejó que entrara uno de mis amigos en el cuartucho para que esperara a mi lado.

Una hora y media después me volvió a llamar el policía y me entregó por fin mi documentación pidiendo "sorry for the inconveniences". Le pregunté que si algún día decidía volver por New York (cosa que en aquel momento no pensaba volver a hacer jamás) tendría que volver a pasar por todo aquello, y el tío me dijo que sí, que no me llevaría tanto tiempo como el de ese día, pero que sí que tendría que volver a sentarme allí y esperar a que dieran conmigo en sus ficheros.

En aquel momento mi indignación no iba hacia los policías, ni mucho menos, ellos estaban haciendo su trabajo y estoy completamente de acuerdo en que lo tienen que hacer bien. Mi indignación iba resumida en una frase que se repetiría una vez más a la mitad de mi viaje, cuando visité las ruinas del WTC : "Putos terroristas talibanes de mierda...". Ellos son los únicos culpables de todo aquello.

Habíamos perdido dos horas y media de ese prometedor primer día, pero no pensamos cambiar los planes. Haríamos el recorrido que teníamos previsto aunque nos dieran las doce de la noche (que nos las dieron). Así que aún sin muchas ganas de hablar por la rabia y la indignación que me comía por dentro, nos subimos a un taxi rumbo al hotel. Recordé entonces lo que comentaba El Sagutxo en su blog sobre que le había decepcionado en un principio N.Y., y es que las casas de las afueras eran todas muy normalitas (¡parecían las de Málaga!) y no se veía nada del esplendor que esperábamos. De ahí que cuando nos acercamos a Manhattan y salimos de un larguísimo túnel, todos a la vez soltamos un ¡OHHHHHHHHHH! al ver de pronto los rascacielos y todo maravillosamente iluminado. ¡Esto sí que es New York!. Se me fue el mosqueo de la aduana en un segundo y por fin pude sonreir y alegrarme de estar donde estaba.

Ahora sí, EL SUEÑO acababa de empezar :)

08 diciembre 2008

Comienza la aventura.

Mañana sale por fin mi vuelo para New York.

Aunque tengo el blog bastante abandonado pienso dar buena cuenta de mi viaje. Al menos quedará como "Cuaderno de Bitácora".

El tiempo ahora mismo allí es de -7º, con una sensación térmica de -14º. Fresquito... pero sin nieve (de momento).

Mil gracias a Regina, Marta, Fernando, Pepe, Juanfran, Jony y Paco por sus interminables y siempre agradecidos buenos consejos y recomendaciones y por toda la ayuda que me han ofrecido a la hora de preparar mis itinerarios.

Vuelvo el 18 de Diciembre. ¡Hasta entonces!

07 noviembre 2008

Mis puntuaciones a las chicas.

Este post va dirigido a Pepe, Carlos y Ramón, tres personas que piensan que mi "listón" está demasiado alto con las chicas.

A ver, de entrada yo no saldría con una chica que estuviera por debajo de un 7. Así de rotundo. Salir con una chica por debajo de un 7 significaría estar con ella pero con un ojo pendiente al resto de las chicas, a las que no podría mirar sin cierta lascivia. Para estar así prefiero quedarme solo.

Pero mi 7 a lo mejor es un 3 ó un 4 para otros... En mis puntuaciones a las chicas influyen mil factores, por lo que no significa que sólo me gustan las despampanantes ni mucho menos. Una chica puede tener un 9 de mi parte y estar rellenita o delgada, eso no tiene nada que ver (aunque sí que es cierto que no me gustan excesivamente gordas ni excesivamente delgadas). Como siempre en estas cosas, todo es cuestión de gustos, y cada uno tiene sus cosas.

Para mí lo principal es que haya "feeling" entre los dos, una interconexión más allá de los límites físicos. Por supuesto, de entrada se suele fijar uno en el físico, y es que si su físico no me atrae de algún modo, será imposible que tengamos algo. Imagino que esto le pasará a casi todo el mundo. Luego no me gustan ni las excesivamente extrovertidas (he llegado a conocer a chicas que saludaban con "pikitos" a todo el mundo) ni las excesivamente introvertidas (que también alguna "monjita" he conocido, de las que reniegan del sexo hasta que se casen). Se podría decir que no me gustan los excesos en ningún sentido. Me gustan las chicas sencillas y normales, las que no se ponen mucho maquillaje (o incluso ninguno), las que no se visten de diario como si fuera nochevieja, las que no fuman, las que no piensan que pasar un sábado en casa es un fastidio universal, las que son simpáticas y con las que es fácil reír y disfrutar de cualquier momento de la vida. Después de eso, sus gustos van a parte, porque cada uno es un mundo y coincidir en todo con la otra persona es algo casi imposible. Pero claro, si le gusta el cine, la lectura y la cultura en general, tanto mejor, aunque no es imprescindible.

Todo eso en una chica sería para mí lo más cercano del 10 (puntuación por cierto que no existe, ya que nadie es perfecto), y con cada cosa que hubiera que quitarle, restaría puntos.

Un 7 para mí el sitio básico por el que empezar: una chica sencilla, simpática y buena gente, normal de cabeza y normal de físico, pero con un mínimo de "feeling" entre los dos. Luego, conociéndola más, podría llegar al 9.5 o incluso más allá.

Tampoco pido tanto, ¿no?

06 noviembre 2008

El pez que pensaba.

...Y de repente, el pez que pensaba, sintió que necesitaba aire, que se ahogaba en lo más profundo del mar. Recordaba con desesperado anhelo el día que logró alcanzar la superficie, descubriendo que había otros mundos además del suyo, un mundo lleno de aire, que no todo era mar, y fue entonces cuando comenzó a agobiarse, a hundirse en la abstracción de sus pensamientos. Dejó de hablar, de relacionarse, iba al trabajo por inercia, la misma inercia que le impulsaba a comer y a dormir; se veía incapaz de sentir nada por nadie, como si fuera un robot programado para simplemente "vivir". O, más exactamente, un "zombie".

Una vez quiso el pez comunicar a sus amigos lo que le pasaba, pero cuanto más abría la boca para hablar, más se ahogaba. Ahora más que nunca necesitaba a alguien de confianza a su lado, a alguien que le tendiera una mano cariñosa, a alguien que le dijera lo equivocado que andaban sus pensamientos, que los peces tienen branquias y que el aire les mata. Pero carecía el pez de esa compañía, pues vivía en un mundo muy egoísta en el que cada uno se preocupaba por lo suyo, sin importarles los asuntos de los demás.

El pez, cansado ya de esa situación, decidió ponerle fin. Se convenció a sí mismo de que la solución estaba allí arriba, en el gran azul. Alcanzarlo para él no sólo significaba poder respirar, sino liberarse y poder disfrutar de la gloria eterna. Con determinación y confianza dejó atrás el pez su vida anterior y comenzó a aletear con fuerza hacia la superficie, convencido de que allí le esperaba una vida mejor llena de aire y de esperanza.

Encontró el pez en su camino numerosos obstáculos, a cual más duro, pero nunca se rendía, y con cada golpe recibido sus lastimadas aletas parecían vigorizarse y recobrar mayor energía, impulsándole hacia la superficie cada vez con más fuerza. Cuantos más palos recibía, tras los momentos de aturdimiento y confusión, más fuerte y confiado se sentía.

Y por fin llegó el pez al límite entre el mar y el exterior. Veía desde abajo el gran azul tan cerca que casi podía tocarlo. Pero de pronto le vinieron al pez las dudas: ¿y si salía a la superficie y no lograba la gloria eterna? ¿Y si al salir luego caía con más fuerza hacia las profundidades? ¿Y si algún extraño animal volador se lo comía al salir?

Como aún era muy joven y le encantaba la visión del gran azul decidió conformarse con ver la superficie desde abajo, viviendo siempre en el límite entre el mar y el exterior. Sería una nueva vida, con nuevos amigos y nuevas rutas que seguir. Cuando fuera viejo y le quedase poca vida, o estuviera cansado de la nueva que ahora comenzaba, entonces daría el gran salto y descubriría qué hay al otro lado. Mientras tanto viviría al límite de su sueño, buscando el siguiente objetivo que se propondría cuando cumpliera éste.

Descubrió el pez que no quería tenerlo todo en la vida, que hay que tener siempre sueños, por muy difíciles e incalcanzables que parezcan. Hay que tener siempre esa cosa de conseguir lo que nos proponemos, aunque no la lleguemos a conseguir jamás. Y si algún día la conseguimos, hay que volver a ponerse otra meta para no estancarse. Una vida sin sueños es una vida sin esperanza.

16 octubre 2008

Una explicación.

Vecinos de Villar del Río, como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar, porque como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar...


Podría haberse pasado Pepe Isbert diciendo esa frase toda la vida sin llegar a ningún punto. Quizás esa explicación no fuera necesaria al fin y al cabo.

Creedme que si alguna vez encuentro una explicación para mi ausencia os la daré. Os lo debo tanto como a mí mismo.

Seguimos en contacto. Un saludo a todos.

09 agosto 2008

Rio Kayak

Otra de mis composiciones. No me gusta, pero la pongo porque tiene algunas cosillas que sí que se podrían salvar, como ese principio y algún que otro pasaje cercano al final. El resto está quizás demasiado deslabazado y como decía Pepe "no tiene una melodía definida".

Está compuesta por un piano, dos violines, una guitarra acústica y unos coros "altos" para el comienzo. Para su composición me inspiré en la bajada lenta y apaciguada de un río en kayak, disfrutando del paisaje que bordea el río, desembocando en un inmenso y precioso lago de aguas tranquilas. Es un viajecillo corto y creo que le falta cierta intensidad para su breve duración.

Lástima de ese principio coral que prometía tanto... (dentro de mis límites, claro :P). Comentar también que sé que hay ciertas notas fuera de lugar. Pero bueno, al menos sirve para ir viendo mi "progreso" (o "retroceso", según se mire), y como llevo tiempo sin actualizar (el calor de este año está quemando mis escasas neuronas) pues ahí queda eso.


01 agosto 2008

¿Dónde están las manifestaciones?

Comentaba hace unos días Ricardo en "El Arrecife" unas fotos de los agricultores españoles protestando con mosaicos compuestos por frutas y hortalizas.

Y es que, si nos damos cuenta, para lo mal que van las cosas en este país y la crisis mundial que se preveía desde hacía algún tiempo, demasiado poco ha protestado la gente. Menos mal que por fin parece que se empiezan a mover (aunque con mucha timidez). Parecía que el país entero se estaba quedando de brazos cruzados ante la pasividad de los patéticos políticos (da igual el bando o partido al que pertenezcan, son todos una pandilla de ineptos chupatintas) sobre la crisis, las subidas de los precios y el estancamiento de los sueldos que, por cierto, el caralisto director del "Banco de España" aconsejaba no subir, porque decía que eso tan sólo serviría para aumentar la crisis... ¡Vaya jeta! Claro, como él ya tiene la vida resuelta y no tiene ni puñetera idea de lo que es vivir con una hipoteca cobrando 1000 € al mes, pues es fácil decirlo. Una vez más el egocentrismo de uno es capaz de anteponerse al pensamiento de millones de españoles.

Pues en mis tiempos, cuando había alguna crisis de ésta, se manifestaban hasta los niños en las puertas de los ayuntamientos, lanzando tomates u otros artilugios semejantes contra sus ventanas, se hacían huelgas multitudinarias, se paraban las clases, los universitarios exhibían pancartas fabricadas por ellos, y en definitiva, el pueblo se UNÍA contra lo que se consideraba que estaba mal por parte de los gobernantes.

Es necesario que este tipo de cosas sucedan, para que el gobierno sepa que quien manda en el país no son los políticos, sino el pueblo, como siempre debería ser. De hecho, de no ser por el pueblo ellos no estarían gobernando. Pero claro, ahora están ahí y eso es lo único que importa; ahora el pueblo es lo de menos.

Por desgracia, el egocentrismo universal que parece dominar al mundo últimamente, está haciendo mella en los españoles, y cada vez son menos los capaces de mover un pelo por el prójimo, aunque su propia pasividad signifique mal para ellos mismos a la larga. También hay mucho hoy en día del "total, por uno menos... para qué va a servir que yo proteste... que lo hagan los demás, que a mí no se me va a echar en falta". Y claro, eso llega a convertirse en una rueda de vagos y ese "los demás", que en un principio se contaban por miles, se convierten en treinta o cincuenta y llega el: "puffff, pues para hacer el ridículo con los que somos, mejor ni vamos".

Se ha perdido solidaridad y exigencia y se ha fomentado el individualismo y el conformismo. Creo que aún andamos un poco perdidos con eso del Euro y aún le guardamos demasiado respeto, un poco como que es algo que aún no consideramos nuestro y que no sabemos muy bien por dónde cogerlo todavía.

Y a pesar de que el gobierno nos lleva intentando engañar desde algún tiempo con eso de que no hay tal crisis (tan sólo ha admitido que hay crisis hace unos días... antes se negaban en redondo a nombrar siquiera esa palabra) , nadie ha sido capaz de montar una manifestación como las de antes, colapsando las capitales de provincia, cortando carreteras y demás técnicas de manifestantes. Esas acciones, como poco, daban que pensar al país. Y si no, fijáos en la "tímida" huelga de transportistas de no hace mucho. Podían haber conseguido mucho más si se lo hubieran propuesto y si la gente hubiese estado unida en todo momento, pero al menos sirvió para que todos recapacitáramos un poco sobre el asunto y para que el gobierno también bajara un poco de la alta y suave nube en la que se encontraba (y a la que parece ser que ha vuelto, como nadie protesta...).

Que suben los pisos de 15.000 pts. a 200.000 €, pues vale, nadie protesta, tan sólo se oye un simple murmullo por las calles y por los foros unos cuantos se cabrean por ello. Que sube la luz un 5%, pues vale, nadie protesta, como hace poco iba a subir un 7% (el típico engaño para tontos que nos da una idea de lo que el gobierno piensa de nosotros), pues todos contentos. Que de repente el diésel se pone incluso más caro que la gasolina (¡joder, pero en qué mundo vivimos!), pues protestan unos cuantos unos días y ya está. Que se vende droga en los colegios, que aumenta la delincuencia juvenil, que aumentan los robos, que suben los alimentos básicos, que la educación es una mierda desde hace muchos años, que todavía hay gente que paga 600€ de sueldo y que el salario mínimo está por debajo de ellos, pues vale.

No me gusta hablar de política porque los considero a todos iguales, pero que el pueblo no se mueva contra situaciones indignantes me parece muy lamentable. Es quizás una consecuencia más del escaso nivel cultural de las nuevas generaciones y un indicativo de que algo gordo va mal aquí.

27 julio 2008

Hollywood dreamers.

Sucedió todo envuelto en una aureola que se asemejaba de algún modo a la magnífica película "Cautivos del mal" o quizás más al inicio de "Ed Wood".

Estoy visitando unos estudios cinematográficos, probablemente en Hollywood. Voy con una chica y un amigo a los que no les veo el rostro, pero sé que están ahí.

Entramos en una oficina y vemos a un hombre angustiado, con las manos en la cara, a punto de echarse a llorar. Probablemente se trata de un productor. "Nos vamos a la ruina", dice. Y ante nuestras inquisitivas preguntas nos cuenta que ya nadie cuenta historias buenas, que todo es lo mismo y que las películas de terror de hoy en día ya no dicen nada.

Entonces, como si de repente se encendiera una bombilla en mi cabeza, siento que me llega una idea tremenda para un perfecto guión de película de terror capaz de estremecer al mismísimo Cristopher Lee. Trata sobre fenómenos paranormales que suceden en una casa, pero no es la típica película de "casa encantada" si no algo muy distinto. Una película con un toque independiente y parte documental en la misma casa en la que se rodó "Psicosis". Y como por arte de magia aparece delante de mí una foto de la casa de Psicosis y otra con unos extraños dibujos de Tim Burton que según parece tengo toda la intención de adaptarlos para la película, para darle un toque aún más extraño y original.

El hombre de la oficina, en ese momento, empieza a reaccionar. "¡Un toque de frescura es lo que necesitamos!", grita, dándome una palmadita en el hombro por encima de la mesa. Comienza a remover unos papeles de entre los miles que tiene rodeándole y me extiende un folio lleno de nombres. La chica que viene conmigo y mi amigo se acercan por detrás para ver también la lista. "Estos son los únicos actores a los que podemos aspirar, echadle un vistazo a ver qué os parecen", dice el hombre. Entre todos los nombres destaca uno, el único que soy capaz de reconocer y al que me aferro desde un primer momento: Alan Ladd, uno de mis favoritos de los de "segunda fila", especializado en westerns y cine negro de serie B.

- Imposible -me dice el productor-. Se ha negado cada vez que le hemos llamado.
- Bueno, pero es que nunca antes ha tenido un guión tan bueno, y además es italiano (no sé de dónde he sacado yo que este hombre es italiano...), así que seguro que podremos llegar a un acuerdo -digo.
- Está bien, adelante -y me pasa el productor su número de teléfono.

Llamo desde la misma oficina, coge el teléfono Alan Ladd y me pongo a hablar con él.

- ¡Hola Alan! Soy Juanma, un guionista a las órdenes de ..... (digo el nombre del productor, pero no lo recuerdo), ¿hablas español?
- Non capisco -dice él, con un perfecto acento italiano.
- Do you speak English? -Pregunto con mi acento de inglés malagueño.
- Oh! Yes, yes. What do you want?
- I'm a scriptwriter working for ..... I know you have been very long time without act in any film, so I would like to offer you to act in the best horror picture of the last years. The story is ..... (y se la cuento en inglés).
- Mmmmm... I don't know you, but it sounds great... Interesting... When we start to work? -Pregunta el italiano, produciendo una amplia sonrisa en mi rostro acompañada de un gesto de mi mano con el puño cerrado y el dedo gordo firmemente levantado.

La chica aplaude, mi amigo grita "¡bien!" y el productor levanta los brazos de forma triunfal, como si hubiera ganado un Oscar.